martes, 6 de diciembre de 2011

Encantamiento 52, 2ª parte: Olvídame o recuérdame; yo elegiré lo que menos daño me vaya a hacer.


La habitación olía a humo y sangre combinada con antisépticos y sudor. Largas lenguas de fuego trepaban por las paredes y calcinaban objetos ya irreconocibles que bien pudieron pertenecer a mesas o a personas.
El viento nocturno me helaba la espalda a través de los boquetes que había hecho en los muros, enredándome copos de nieve en el pelo.
Me subí a un pila de mesas de siete pisos, micrófono en mano y chillando a grito pelado a mí animado público. Me sentía eufórico, tanto poder me enloquecía de manera evidente, pero se sentía demasiado bien cómo para importarme.
-¡Y el siguiente lote: Marcus, el camillero! –Extendí el brazo en su dirección como mostrando un escaparate. Había atado y colgado a todo el personal del techo de la cocina. Una vez empecé a obtener ingentes cantidades de poder de los presos, tumbar a aquella chusma había sido pan comido.
Las diferentes especies mágicas llenas de cicatrices y mutilaciones se agolpaban contra mi pequeño castillo de mesas con la única intención de herir a los gimoteantes humanos y Guardianes. Me encantaba ese espectáculo: las tornas acababan de cambiar y ahora eran los presos los que atormentaban a sus torturadores. La bella ironía de la vida. La sangre, las pe­leas, los gemidos; música celestial para mis oídos. Miedo y estupefacción e ira y frenesí se mezclaban confiriendo al aire cargado de humo un delicioso regusto: Caos. Incluso había atado al Dr. Dande por el puro placer de verlo allí, con el terror plasmado en la cara, aunque tenía intención de reservármelo. Volví a acariciarme los doloridos colmillos al mirarle y me mordí los labios; tenía tantas ganas de poder hacerle todo lo que le tenía planeado…-. ¡Eh, tú, las manos fuera si no vas a pujar! –advertía a un centauro que intentaba clavarle un cuchillo a una de las enfermeras. Una simple mirada mía bastó para hacerlo retroceder; me respetaban, sencillamente porque yo tenía muchísimo más poder. Y el favor que les había hecho decidiendo ofrecerles el trato en lugar de dejarlos morir allí se sentía sin necesidad de comentarlo; me lo debían (aunque lo hubiera hecho por motivos egoístas). Yo era el único que podía manejar al resto si así me placía; la verdad es que se me hacía raro que me trataran como a Cristofino-. ¡Bien, y empezaremos la puja por este humano en… -me lo pensé un poco- MEDIO MILLÓN DE DÓLARES! ¿Quién da más?
Los gritos se multiplicaron y se agolparon aún más cerca de mí para llamar mi atención. Los Guardianes lloraron con más fuerza. Reí macabramente disfrutando como un niño el día de Navidad.
-¡Te daré un castillo que cuesta un millón!
-¡Soy miembro de una sucursal, puedo conseguirte el triple en pocos días!
Reí atolondradamente para suplicio de todos.
-¡Mi hija, te doy a mi hija! –joder, ahí va uno que aprecia demasiado la venganza.
-¡Me ofrezco a mí! –miré a la valquiria que acababa de trepar sobre el centauro de antes. Alcé las cejas-. Soy llamada como Astrid y le ofrezco mi vida, mi servidumbre eterna y mi cuerpo; todo lo que de mí quieras –se inclinó a mis pies y me besó las botas llenas de suciedad. Tenía el pelo muy largo, casi a mitad del muslo, de color rubio platino, y, aunque le habían arrancado la mayoría, aún le quedaban incrustaciones de piedras preciosas en la piel formando una tiara en su frente, bajo los ojos y sobre los hombros y el pecho. La sopesé fríamente: había quedado cenicienta y delgaducha por el cautiverio, pero se notaba que había sido muy atlética hasta hace poco; las piedras preciosas demostraban que debía de haber tenido mucho dinero y en sus ojos había un brillo decidido que me decía que su oferta era totalmente cierta, en todas sus partes. De verdad me daría todo lo que yo quisiera a cambio del humano.
-¿Te violó? –pregunté indiscretamente. Ella apretó las mandíbulas, no hacía falta más respuesta. Podía ser una muy buena aliada en la batalla y las valquirias solían actuar en aquelarre así que también podría contar con sus compañeras-. Bien –saqué un contrato de la bota y con un poco de magia fijé las normas-, firma con tu sangre aquí… y podrás hacerle lo que quieras a cambio de tú hacer lo que yo te diga cuando te lo diga.
No dudó un instante. Le marqué las muñecas y el cuello con heridas que nunca desaparecerías, muestras innegables de que lo que ella me prometió. Corté la cuerda con una cuchillada de energía y el humano cayó contra el suelo aparatosamente antes de que la valquiria se abalanzara sobre él.
-¡Yo quería violarle! –se quejó una súcubo, las cuales se alimentaban del la energía sexual, violando hasta la muerta a sus víctimas.
-¡¡Siguiente!! –alcé los brazos y eché la cabeza hacia atrás al tiempo que una macabra sonrisa me ensombrecía el rostro. La sangre me cosquilleaba llena de magia por las venas     . Que los mataran o lo que fuera que hicieran con ellos me daba exactamente igual, pero me encantaba obtener cosas a cambio. El dinero es poder, el poder te mantiene con vida.
Sentí una perturbación en mis barreras de alerta. Más Guardianes acababan de teletransportarse en los alrededores (aguafiestas). ¿Cómo se habrían enterado de mi minirebelión si este sitio estaba completamente incomunicado? Debió ser algún adivino (más aguafiestas envidiosos, si no los invito a la celebración es por algo, ¿no?).
Resoplé, fruncí el ceño y bajé de mi torre con un par de sencillos y gráciles saltos. Cuando corté todas las cuerdas les faltó tiempo para abalanzarse sobre ellos. Me apresuré a tomar del cuello al Dr. Dande para apartarlo del resto pero me distraje por un momento al ver que un brazo salía disparado muy lejos de su cuerpo y una mujer-araña coja de tres patas casi consigue rebanarle una pierna.
-¡ES M-Í-O! –mi aura creció un metro a mi alrededor helándole completamente las manos y antebrazos. La mujer-araña retrocedió lloriqueando.
-Lo siento, señor Seamair, lo siento mucho, diablo de tierra y el hielo –se alejó arrastrándose para no deshacer la reverencia y fue a calentar sus manos en el charco de sangre que se formaba bajo una arpía y su presa.
Eché un vistacillo a la multitud de cuerpos. Vaya, menuda carnicería había propiciado en medio segundo. Negué para sacarme todas las ensoñaciones.
Ya sentía a un ejército de Guardianes correteando por las entrañas del edificio.
-¡Que nadie pase de esta puerta si no queréis véroslas conmigo! –le lancé una mirada en especial a la valquiria.
-Sí, amo –sus dedos repiquetearon sobre la barra de metal que sostenía-. ¿Debo acompañarlo?
-NO. Cuando necesite tu ayuda, te llamaré –le espeté sin ni siquiera girarme. Estaba mejor solo. La puerta del comedor se cerró detrás de mí a tiempo de escuchar a Marcus gritar sobre que no le metiera eso por ahí (mejor no saberlo).
Los repudiados que había liberado eran un buen número y estaban llenos de odio suicida hacia los Guardianes. Si intentaban alcanzarme, estos los detendrían y me darían tiempo suficiente para escapar.
Mi plan maestro entraba en acción.
***
El viento helado de la noche me cortaba las mejillas. Tenía el puente de la nariz enrojecido y eso que mi piel no tendía nunca a ruborizarse. Aún así, el frío no me incomodaba demasiado. Pero la ventisca me quitaba mucha visibilidad, por lo que cree una pequeña barrera a mi alrededor para desviar el viento.
Él chillaba como podía, retorciéndose de las cadenas que había puesto a su alrededor. Íbamos dejando un rastro de los cortes que tenía por todo el cuerpo. Pero no importaba. Me dirigí por la larga muralla. Aquella base estaba junto a una gran presa, en cuanto terminara lo que quería hacer con él, arrojaría el cuerpo al vació y me perdería.
Le di una patada en la cara cuando juzgue que estaba en un buen sitio para deshacerme del cuerpo. Le quité la mordaza, me apetecía oírlo gritar. Cómo estaba claro, en cuanto pudo me empezó a insultar. Eso ya no me apetecía tanto así que invoqué una de mis garras y le atrapé la lengua. Chilló muy fuerte y vomitó sangre a mis pies.
-¿Qué pasa? ¿No te gusta? –incliné la cabeza a un lado y le hablé con tono inocente como él lo hacía conmigo. Arrojé el músculo sobre el pavimento helado-. Qué raro, pero si esto me lo hacías muy a menudo: te encantaba mutilarme para luego volver a unirme los miembros al cuerpo y ver cómo cicatrizaban. Le tenías una especial afición a los ojos… -posé un dedo en la comisura de sus labios y fui abriéndola hacia arriba. Mis nuevas garras no dejaban de asombrarme de lo afiladas  y fuertes que eran. Le hice un pequeño corte en el parpado, para facilitar el proceso-. Hum, si te saco los ojos ahora, esto acabará muy pronto, y eso sería una lástima ¿no? -Continué ensanchándole la sonrisa por el otro lado-. … Es increíble que siempre consigas mantener esa sonrisa tan agradable incluso con las cosas que haces. ¿No te da asco? A mí me repugna sentirme rodeado de sangre y las vísceras de otros… -incluso ahora. Mataba para sobrevivir, siempre; si había un obstáculo y la mejor manera de quitármelo del camino era matarlo, lo hacía. Casi nunca había disfrutado siendo cruel de esta manera (me gusta atormentar, pero mi estilo es mucho más pasivo y psicológico). Realmente estaba perturbado; el olor de la sangre nunca me había excitado tanto. Quería que sufriera, eso estaba claro; ¿pero me convenía desperdiciar mi tiempo en él? Matarlo ya sería más eficaz y rápido. Me encontraba en una encrucijada: ¿matarlo rápido o muy, muy lento?
Separarme de él tan pronto sería un pecado.
-A ver, a ver… ¿qué cosas te encantaba hacerme también? Oh, la Luz, pero, claro, eso a ti no te afecta. Electricidad… –mire al cielo, no sería difícil provocar un rayo, pero eso podía matarlo instantáneamente. Me mordí el labio. Pensé automáticamente en las quemaduras que dejaban las descargas eléctricas-. Fuego –chasqueé las garras de modo que me repiquetearan los tres dedos seguidos. La fricción provocó unas llamas azules y verdes. Abrió mucho los ojos e intentó alejarse-. No te quejes, voy a calentarte contra este frío. -Le quemé las muñecas y la base del cuello, las orejas. Chilló como un cerdo el día de la matanza y eso que aún no había empezado a abrir. Una de las ventanas del complejo estalló en mil pedazos y un Guardián al que conocía salió despedido de cabeza al embalse. Joder, ya habían llegado a la cocina. Tenía que irme ya. Pero no había terminado… Lo miré a los ojos. Mi cabeza ahora más fría intentaba imponerse al frenesí, pero los instintos asesinos no disminuían. Me gustaba demasiado ver el terror y el dolor en sus ojos. Resoplé de mala gana-. Tampoco es que sea lo más divertido del universo –cerré la mano y las llamas se extinguieron. Me puse en pie dignamente y lo miré desde arriba (¡lo que acabo de decir no me lo creo ni yo! ¿Y si me lo llevo?). Los documentos con la información que le había robado del cerebro al Dr. ya estarían quemados, así que a estas alturas yo debía de ser su único conocedor. Sin esos peligrosos recuerdos y la columna dañada, apenas era un insecto molesto. Aunque consiguiera sobrevivir a las heridas, sufriría una fuerte parálisis-. Con esto me conformo, no vale la pena perder más tiempo.
Y dicho esto le seccione de un rápido tajo la yugular y la arteria femoral.
Prefería que muera lentamente aunque yo no pueda quedarme a verlo.

viernes, 2 de diciembre de 2011

Encantamiento 52; 2ª parte: Olvídame o recuérdame; yo elegiré lo que menos daño me vaya a hacer.


//Para que no os quejéis, aquí viene uno larguito//

Presioné nuestros labios con aún más fuerza. Lena quiso apartarse y apreté aún más mi garra alrededor de su nuca. No cerré los ojos a pesar de que acercarme tanto a alguien siempre me causaba vértigo, pues eran lo único que mantenía la coacción viva. Gimió como un sollozo. Luego quiso chillar. Mi alma se le coló dentro, enredándose entre sus vísceras, jugando y rompiendo trozos de la suya; pero me abstuve de robársela. Su energía era de Luz, si se la robaba, está me mataría. Una parte de mí gritó entonces horroriza que qué coño hacía besando a Lena a lo bestia.
Tomé su  cabeza y le di un golpe seco contra el suelo. Perdió la consciencia y la solté, dejando que se golpeara de nuevo contra el suelo desmayada. Ale, una cosa menos.
La miré allí bajo mi cuerpo, con los ojos cerrados y la boca entreabierta. Le había llenado el pijama con mi sangre. Le aparté un mechón de pelo de la cara rozándole las cicatrices con suavidad a pesar de que me temblaban las manos. No, no se la podía considerar una mujer guapa; pero a mí me gustaba.
Bajé los dedos por su cuello y rocé la tapa del medallón, la estrella brilló con aún más fuerza. Apreté mucho más las mandíbulas para no gritar. Me dolía el pecho y no era completamente por la luz que me circulaba dentro. Esta puede que fuera la primera vez que sentía algo tan parecido al arrepentimiento.
Su padre estaba intentando arrastrarse hasta mí (oh, sí, es verdad que le rompí un poquito la columna para que no se me escapara, jojo) poniéndome verde a más no poder. -¡No, no lo abras! –me gritó él. Era fácil saber lo que había pasado. Seguro que poco después de la muerte de la madre de Lena y sus dos hermanos, él debió de hacer una pausa en su absorbente trabajo de investigador y volvió con Lena, y entonces se enteró de que yo y Lena éramos amigos, así que decidió mandarla con sus tíos a América, pero antes hizo que algún Seamair, seguramente Lújura, le arrancara los recuerdos sobre mí y los depositara en este medallón. Era mi medallón, así que solo yo podía abrirlo y si lo hacía… los recuerdos dejarían de estar presos.
Seguí acariciando el cierra y aparté los dedos de golpe como si me hubieran quemado.
No.
Yo iba a traicionar a los Guardianes. Quería volver con los Seamair. Aunque me recordara, yo tenía intención de matar a su padre y eso nunca me lo perdonaría. ¿Para qué complicar más las cosas? ¿Para hacerme sufrir más?
Levanté la camisa de su pijama y rebusqué en uno de sus bolsillos hasta dar con la llave.
-¿Te pensabas que no sabía que tenías una de reserva? –giré a llave en la pequeña cerradura.
La energía entró en cada uno de mis poros, maravillosa y extasiante. Un bálsamo para mis heridas. Arrojé las esposas hacia las llamas, ya estaba harto de tener que verlas. Mi magia me ondeo el pelo, el mundo volvió a presentárseme en HD cuando las corneas se me regeneraron. Las heridas no cerraron, pero tenía suficiente poder para hacer retroceder y curar lo que rompían; ya no iría a más. Y ya estaba tan mal que no podía procesar el dolor, así que no lo sentía (haya que ser optimistas).
Me levanté (suputa mad… agggh, joder) y di dos pasos algo torpes (uno no pasa de espantapájaros a bailarina de danza clásica en dos segundos así como así, que la magia tiene sus limitaciones).
-Bueno… -miré al doctor- terminemos lo que empezamos.
***
Un hilo de sangre le colgaba de la comisura de los labios, tenía los ojos desorbitados y completamente blancos. Pequeños espasmos le recorrían cuando le dejé allí tirado medio muerto. Ya había seleccionado y arrancado todos los recuerdos que me convenían; no precisaba de más de él.
-Vamos –enganché a Colyn de la camiseta. Ya era medio lobo, una grotesca combinación ni una cosa ni otra. Lloraba y gimoteaba penosamente-. Colabora –le ordené, pues pesaba demasiado para que pudiera arrastrarlo. Se puso a cuatro patas y me siguió fuera de la habitación.
-Los, ag¡ug, kiag, mata-do…
-No están muertos –le corté. De momento no. Lo fulminé con la mirada; ahora tenía intención de lamentarse por no haber impedido lo que hice, ¡será posible! Encima de desagradecido, inoportuno; este tío gana cada vez más habilidades.
Apreté los colmillos y volví a girarme hacia él: -¡Eres un maldito desagradecido, siempre lo has sido –desde el primer día, nunca me has dado gracias por la cantidad de favores que te concedí. Te salvé de la muerte, te curé la mordedura, te guardé el secreto-! ¿Es que quieres que sobreviva y lo cuente? –Señalé a su tío- ¡Ese cabrón ha intentado matarnos a los dos; INCLUSO A TI! Considéralo defensa propia si así te basta para calmar la conciencia, pero haznos un favor a todos y vete a otro lugar un poco más adecuado a mudar la piel, chucho estúpido – Colyn pareció dolido por mis palabras. Miró los ojos de su tío a punto de desfallecer y me miró a mí. Parecía amedrentado por lo que veía. No sé qué aspecto daría yo, todavía sangrando aquella sustancia negra, agujereado y jadeando y luchando conmigo mismo para no asfixiarme mientras le gritaba. Joder, yo gritando. Nunca había necesitado hacerlo y nunca había perdido tanto los nervios. Entonces ¿mi rostro? Dudaba que se mantuviera todavía la máscara de póquer. ¿Parecería dolido? ¿Daría miedo… o solo pena? Abrí una puerta y lo empujé dentro-. Aquí te podrás convertir tranquilo; ya he cumplido mi parte del trato –cerré de un portazo y eché la llave.
La vista se me nubló de nuevo y me apreté contra la pared. Necesitaba más energía. No podía robársela a los Guardianes, pues estaban hechos de Luz.
Llevaba el reproductor de música de Lena en la mano (sí, acababa de robárselo y, como siempre, no tenía intención de devolverlo). Me puse uno de los auriculares y presioné una carpeta al azar (http://www.youtube.com/watch?v=6966do7jR0k) antes de ponerme en marcha medio arrastrándome.
Me asomé a su puerta.
-Hola, tía… Puedo matarte si quieres que todo acabe. Solo te pido algo a cambio: dame TODA tu poder...
-…Ace-pto… Mata…me…
***
Un grito se me escapó cuando al fin saqué la última bala de mi pierna. Tiré las pinzas sobre la mesa y me recosté sobre la silla, tras darle un par de vueltas más al improvisado torniquete con que me había sujetado la pierna. Estaba muy mareado, las pulsaciones me ensordecían. Pero ya no había ningún riesgo inmediato de muerte; tarde o temprano las heridas podrían curar.
¿Y ahora? Necesitaba más energía, tenía que estar lo más curado posible para poder escapar de aquí.
Me parecía un milagro que nadie más se hubiera enterado con el jaleo que hicimos. La alarma de incendios tampoco había saltado aunque el olor a humo ya llegaba hasta aquí (no os preocupéis, saqué al doctor y a Lena de la habitación en llamas y los dejé en otra, y se supone que las habitaciones estaban hermetizadas).
Miré un micrófono que había sobre la mesa y los mandos de control, se podía hablar solo a determinadas áreas del edificio a voluntad. Me acerqué y seleccioné el área de celdas presionando el botón:
-Bieeeen, chicos, al habla Alexander D. Seamair, brujo mercenario y vuestro único y posible salvador –una infortuna tos me interrumpió. Escupí la sangre a un lado-: El TODOPODEROSO de este lugar, nuestro querido doctor Daaande, está ahora mismo parapléjico perdi’o y escupiendo espuma por la boca (si queréis le hecho una foto para que lo tengáis de recuerdo, que sé que lo estáis deseando); ya podéis agradecérmelo, ¿no? El caso es que soy tan fantáaastico que os hago una oferta y todo: podéis comprar vuestra muerte o vuestra libertad, lo que preferíais para acabar con este suplicio, con las torturas y la humillación. A cambio de un módico precio; se aceptan recuerdos, energía, propiedades, objetos de poder… ¡Lo que queráis y buenamente podáis ofrecer! Solo una advertencia: no voy a perder mí tiempo con aquel que no me pueda darme nada. Al resto; ¿no tenéis ganas de hacérselas pagar al resto del personal de por aquí?

miércoles, 30 de noviembre de 2011

Encantamiento 52, 1ª parte: Olvídame o recuérdame; que yo elegiré lo que menos daño me vaya a hacer.


Lena me golpeó las costillas malheridas. Una nueva punzada me dobló por la mitad y un grito espeluznante me nació desde las entrañas. El veneno acababa de llegarme al corazón.
Mis garras soltaron la cabeza de su padre un segundo, momento en que intentó apartarme.
Perdí el equilibrio y la agarré del pijama arrastrándola conmigo al suelo.
-¡Muere! –me intentó golpear en la cara. En nuestro trayecto por el suelo chocamos con una mesa, tirando todos los tarros que allí había, las sustancias chorrearon por el suelo y entraron en combustión al mezclarse. El fuego creció rápidamente (como si no respiraba cada vez peor).
La sacudí tirando del pijama que aun asiaba. -¡Cállate! ¡Eras tú la que decía que de mayor viviéramos juntos! –eso la descolocó por completo-. No te acuerdas, ¿¡por qué!? –soné realmente dolido, estaba al borde de parecer completamente penoso en lugar de loco.
-¡Lena, no… cofcof le… cof… escuches! –su padre habló entre la tos, intentó reincorporarse pero temblaba de pies a cabeza.
Fulminé al doctor con la mira: -Fuiste . ¿Qué… le… hiciste? -siempre supe que aquí había algo que no era normal. Lena no era tan buena actriz para fingir no recordarme, de modo que lo había tenido que olvidar. ¿Pero de verdad había significado tan poco para ella? Tampoco creía que de pequeña hubiera sabido mentirme tan bien como para que su padre hubiera estado detrás todo el tiempo. Si no había investigado hasta ahora fue para no complicar más las cosas, pero más complicadas que esto ya no se podían poner.
-Hice lo correcto, eso hice… Debía ponerla a salvo… de ti –dirigió una mirada nerviosa al medallón de su hija y la apartó en el acto. Lo sabía.
Miré yo también en esa dirección.
-El medallón… -la estrella verde brillo reconociendo mi voz, era mi magia después de todo. Esa era la clave de todo.
Lena lo abrazó protectoramente.
-NO, es mío. Y… y está roto, no se abre. No tiene nada que puedas querer.
-¿Y quién crees que te lo dio? -Intentó apartarse de mí gateando, pero yo la agarré de las piernas y tiré de ella hasta cas subírmela al regazo, sin prestar atención a que mis zarpas le rompían el pantalón y le arañaban la piel.
-¡¡NO, no te atrevas a tocarla!! –ignoré al médico, aunque no iba a pasar por alto el que debía matarlo lo más horriblemente que se me ocurriera… más tarde.
Y ahora… a ser un buen demonio de la Locura manipulador de mentes:
-Lena… -mi voz dejó de ser ronca, se deslizó suave y sedosa atreves de mi labios.
Ella se encogió.
Colyn gruñó en su esquina.
El techo ya estaba lleno de humo. Sentía lo mucho que subía la temperatura y empezaba a sudar.
-¿Nunca has sentido que te faltaba algo? ¿Qué debería haber en tu cabeza algo que no encuentras, tus recuerdos de una época…? –Mis ojos empezaron a brillar levemente. Mi voz se coló dentro de la cabeza de Lena: “Escúchame solo a mí, mi voz te calma. No me has de tener miedo”. Aunque no podía controlar una mente así como así, sí persuadirla para que me hiciera caso.
-¡NO! – me golpeó otra vez las costillas, algo se me hundió para dentro pero ya no lo sentí. La inmovilicé contra el suelo con mi peso muerto-. ¡Aléjate, engendro! ¡Suéltame, te odio, te odio, te…!
Presioné con fuerza nuestros labios juntos, ahogando sus gritos y cortándole la respiración. El color huyó de su cara.

domingo, 27 de noviembre de 2011

Encantamiento 51, 4ª parte:


Volví a desmayarme.
Cuando me fui a dar cuenta estaba apartando al guarda humano a empujones; casi había conseguido aprovechar muy bien ese lapsus. Estaba cansado, actuaba por acto reflejo. Volvió a tirárseme encima. Joder, ni me iba a dejar respirar.
Cuando conseguí bloquearle las manos miré a mi alrededor rápidamente como si acabara de plantarme allí.
No puedo correr así. No hay donde esconderme. No veo ningún arma, no tengo poderes… Pero no había cámaras de seguridad, de modo que si él, el único con busca de aquí, no los avisaba, no vendría nadie más.
¡A la mierda! Habrá que comportarse a lo kamikaze.
Le di al guarda un fuerte cabezazo que reverberó por todas las suturas de mi cráneo; eso tendría que dejarlo inconsciente por narices. Rodé sobre el suelo, enganchando al doctor de la gabardina ya que lo tenía cerca. Lo inmovilicé con las piernas mientras aún pudiera moverlas y clavé mis manos a ambos lados de su cabeza en apenas unos segundos. Me fue difícil no prestarle atención al hecho de que las heridas se me abrían y que al aumentar las pulsaciones el veneno se iba extendiendo con más rapidez por mi riego sanguíneo; estaba en mis últimas. Tendré que aprovechar bien mis últimos momentos.
-Ven, abre tus ojos… y tu mente para mí  –susurré con la boca llena de sangre.
Supe que mis ojos se veían brillantes. Él abrió mucho los suyos y se clavaron en los míos. Intentó apartar la mirada, pero ya no podía; lo tenía atrapado.
Me lo estaba jugando todo a una carta, lo sabía y eso me aterraba. Con las esposas no podría usar más que la magia de mi alma. Para que os hagáis una idea de lo suicida de mi decisión: el alma es la energía mínima que se necesita para que las células funcionen y no te descompongas como un zombi. Si la utilizaba toda antes de que se regenerase, esta historia terminará pronto.
Él chilló ajeno a mis reproches sobre lo peligroso que era esto. Usé mis dedos como cables para inyectar mi energía directamente en su cabeza. Mi aura se deslizó a través de su pelo, de la carne y los huesos. Movió bruscamente la cabeza y de los ojos le salió sangre. Mierda, yo no tenía práctica en esto, apenas sabía hacerlo (y si él se resiste… maloooo…). Meterte en el cerebro de otro era una operación quirúrgica demasiado delicada para mi nivel. Joder, si apenas había logrado estar dos minutos en alguien sin reventárselo en mil pedazos (bueno, no era tan mal plan si lo miras bien, tal vez un buen picadillo...).
-¿¡Alec!? –se dio cuenta de lo que intentaba hacer- ¡No puedes matar a mi tío! –Colyn rugió contrayendo los músculos de la cara en una mueca; sus dientes eran colmillos grandes que le deformaban las mandíbulas. El vello en brazos y cuello había empezado a crecerle, sus manos eran garras.
Pues por no intentarlo o por falta ganas no iba a ser. -¡Se lo merece! –Apreté con más fuerza. Sentí que tocaba la superficie gelatinosa y empecé a deslizar mis dedos de energía hacía la parte posterior. Él tembló fuertemente al rozarle la médula espinal. No es una sensación agradable, ¿verdad?, sobretodo porque ahora mismo estás a mi merced, incapaz de defenderte. Pronto sacaré de esta perversa cabecilla tuya toda la información útil para los Seamair que encuentre (me llenaran con oro viendo todos los informes que he visto que guardas) y te trincharé la cabeza; te va a doler muchísimo, lo sabes. Lástima que aún así no se comparé a lo que yo sentí. Sonreí ante aquella imagen, me encantaba, ojala tuviera el móvil para grabarlo. Nunca había tenido interés en buscarlo para llevar a cabo mi venganza, no me parecía algo imprescindible para seguir con mi vida. Pero si se presentaba la oportunidad no iba a desaprovecharla; no ser vengativo no me convertía en benevolente, mucho menos en idiota.
-N-o… Yo… hice lo correcto… Lo merecías… demonio –había que tener cara.
El rencor y el odio me nublaron. Apreté las mandíbulas; ya no sentía absolutamente nada en las extremidades, esto era algo malo.
-¡Colyn, ¿dónde estás?! –La voz de Lena acercándose. Volví a dejar de respirar.- ¿Estás aquí? ¡Dime qué es lo que te ha pasado para que te fueras de esa manera! –Apareció en la puerta-. ¿Qué…?
Allí estaba ella en pijama y con unas zapatillas con forma de conejito en los pies. Abrió muchísimo el ojo. La escenita no era para menos: Colyn agazapado temblando e intentando ocultarle los colmillos y el pelo de las garras y yo agujereado y manchado de pies a cabeza en sangre, sobre su padre también muy manchado de sangre (el guarda humano no estaba haciendo mucho).
-¿Qué…? –volvió a repetir. Su cara era la viva imagen del horror. No entendía del todo qué era lo que tenía lugar delante de sus ojos. Yo me quedé en blanco: Es-to-y-ma-tan-do-a-su-pa-dre-mier-da-di-si-mu-lo-o-no-disi-mulo.
Su padre hizo el intentó de llamarla aunque por mi culpa apenas podía. Lena reaccionó finalmente y corrió hasta mí e intentó apartarme a tirones. -¡Suéltale!
Ignoré completamente a Lena, hasta que la aparte de un empujón, necesitaba llegar hasta el centro del cerebro si quería hacer realmente algo y ella era un incordio-. Colyn ¡que te la lleves! –pero Colyn estaba hecho un ovillo tembloroso y grúñente, clavándose las garras en los costados para reprimir los crecientes instintos.
Lena empezó a llorar. No la mires y ya está.
El deseo de muerte me embargo. Él chilló; mis manos acaban de volverse negras y afiladas. Tenía garras y acababa de clavárselas hasta el hueso de la cabeza. Me las miré medio flipando; yo era demasiado joven para tener garras, apenas tenía dos décadas. De hecho nunca pensé que llegaría a poder invocar unas propias (realmente el estrés tiene un poder impresionante).
-¡VOSOTROS TAMBIÉN LO SOIS! –Hablé entre dientes y entrecerré los ojos para no observar a Lena; mirarle solo a él era una buena manera de no desviarme de mi objetivo (robar todos los secretos posibles, planos y contraseñas para salir y pirármelas de allí rápido)- ¡ÉL ME TORTURÓ! ¡Solo tenía siete años, pero disfrutaste torturándome, sádico pervertido sexual! –el pecho me dolió incluso más con el recuerdo. Lo dije, no me creía que acabara de hablar de ello en voz alta, a grito pelado nada menos. Pero ya no había vuelta atrás. Se retorció e intentó escupirme, actos a los que no presté atención. Vocalizó replicas para contradecirme y eso sí que me enfureció: “lo merecías por nacer, engendro”. Todos los recuerdos de los golpes, de las palabras de desprecio que me habían lanzado por haber nacido mestizo resonaron en mi cabeza. ¿Yo qué culpa tenía? Mis padres fueron los que me engendraron. ¿Tan horrible era que yo quisiera vivir a pesar de lo que me hicieran? Ya estaba hartándome de inclinarme ante otros para que no me cortaran la cabeza; nunca consideré necesario vengarme de todos esos, pero empezaba a parecérmelo. Quería que él pagara por todos Ahora necesitaba matarlo, genial. Hasta hace un momento lo hubiera soltado de ver una clara posibilidad de escapar así, conservar mi vida me importaba más que acabar con la suya, pero después de lo que había dicho… ni esas.

martes, 22 de noviembre de 2011

Encantamiento 51, 3ª parte: (publicación especial)


Mis manos temblaron sobre la tela hecha girones de mi camisa. No tenía nada a mano con el que extraer las balas.
Mi sangre oscura se mezclaba con el agua que empezaba a encharcarse en el pasillo.
Sentía el cuerpo pesado, como dormido. Y estaba ardiendo aunque no hubiera rastro de fuego. Las llamas invisibles me carcomían por dentro, en mis venas. No podía respirar, con cada movimiento, la bala alojada en mis pulmones despedía más de aquella tortura. Sangre coagulada me ascendió por las vías respiratorias, me llenó la boca.
Me sentía como un tablero de madera prendido, no podía hacer nada más que quedarme inmóvil.
De las cinco balas que alcanzaron su objetivo, dos me había atravesado completamente el cuerpo, cauterizando a medias la carne que rompían. Una en la pierna, otra en los intestinos y otra en el pulmón derecho; esas eran las que supuraban fuego dentro de mí.
Intenté ponerme en pie ayudándome de la pared en la que ya estaba apoyado. Las extremidades no me respondieron.
Me muero.
Era tan simple que no podía entenderlo.
No podía morirme, no después de todo lo que había soportado hasta ahora. No era la primera vez que lograba salir de una situación que cualquier otro hubiera dado por perdido; me dije en busca de mis últimas fuerzas. Tampoco era la primera vez que me infectaban con Luz el cuerpo; yo no era ni humano ni demonio del todo, por lo que tenía una extraña resistencia a la Luz de la que carecían las otras especies. Esta habilidad fue lo que me convirtió en su conejillo de indias preferido. Sobreviviría, como siempre he hecho.
Volví a respirar lentamente, necesitaba oxígeno para vivir; me recordé.
Él resopló sujetándose las heridas.
-No eres ni un simple animal, eres escoria en este mundo.
Tomó un frasquito del cinturón y dio un trago al contenido; debía ser alguna especie de nueva medicina milagrosa aun sin patentar (¡deja de inventar cosas raras que me lo complican todo!).
El flujo de agua decreció. Las últimas gotas me rozaron los colmillos.
-¿Seguro que sois los buenos de esta historia? –Intenté responderle por puro rebote a pesar de que la voz me salió inteligible y sin apenas fuerzas.
En mi visión solo aparecían manchas. Debía guiarme por el resto de sentidos. Tenía el cerebro embotado por el dolor.
Colocó el tacón de sus mocasines sobre mi mano y apretó. Mis dedos, ya de por sí dislocados a lo largo del tiempo de habérmelos roto y torcido tantas veces, salieron con bastante facilidad de sus posiciones correctas. No grites, no le des esa satisfacción. Te tiene de rodillas frente a él, pero te vas a levantar, siempre lo has hecho.
Debí de perder la consciencia a ratos, pues lo siguiente que recuerdo es que me arrastraban por el suelo. Solo había avisado a dos guardas más.
Lújura gritaba cosas incoherentes con su voz rasposa de fondo.
La oscuridad me volvió a tragar.
Distinguí el chillido de una valkiria y los aullidos de hombres-lobo, golpes y el tintineo de cadenas a través de las puertas blindadas en respuesta. Él rió con suficiencia. La pregunta volvió a pasearse por mi cabeza: ¿seguro que ellos eran los buenos? Unos hipócritas, eso es lo que eran.
Oscuridad.
Plan. Piensa un plan. Si me quedaba allí estaba claro que no tendría ni una sola oportunidad. Me ataría a una camilla y ya no tendría fuerzas suficientes para librarme de ella.
Pero no podía moverme, y con las esposas antimagia puestas tampoco tenía la energía necesaria para curarme.
Más oscuridad.
Los fluorescentes parpadearon mientras me subían a la camilla. Me ató la muñeca derecha con las correas.
La cabeza volvió a írseme.
-¡¡Alec!! –los sonidos me llegaban amortiguados, pero fui capaz de escuchar la agónica voz de Colyn.
Alcé la cabeza para intentar enfocarlo, pero la verdad es que el agua que me había entrado en los ojos no me dejaba. Veía su contorno, sus cabellos naranjas. Aún podía sentir sus pies chapoteando en nuestra dirección, puesto que mi aura, la energía de mi alma que las esposas no succionaban, me aferraba con todas las fuerzas posibles a este mundo y me transmitía todas las sensaciones con fuerza.
Los hombros le temblaban con mucha fuerza, doblándolo por la mitad y amenazando con tirarlo al suelo. Olía a… perro mojado.
El corazón empezó a latirme muy fuerte. Mi subconsciente no paraba de gritarme que estaba demasiado cerca de aquel peligro en potencia y debía salir corriendo rápido aunque no estaba en condiciones para eso. Se transformaba, era peligroso tenerlo cerca. Pero hoy no era Luna Llena, sino mañana. Me costaba pensar. Tal vez el dolor místico que le producía no haber cumplido su promesa de no haberme protegido había acelerado el proceso. Solté una pequeña carajada que me abrió más las heridas. Colyn gruñó y se apretó el torso con los brazos.
Supongo que el extrés y la adrenalina hacen milagro. Cinco balas… creo que pueden contarse como heridas bastante graves. Por no habar de que me muero… No. No iba a morir. Me niego.
-¿Qué hacéis? –su voz sonó gutural.
Él lo miró en silencio. Soltó el arma, pues sin balas ya no le era muy útil y volvió a tomar el interruptor del agua de su cinturón.
-Señor Dande, tío… -volvió a gruñir- ¡¿por qué está mi amigo desangrándose?!
Colyn se dobló agarrándose los costados. No estábamos preparados, en mi estado no podía hacer nada por cumplir mi parte del trato. Se iba a  planificando y material robando para poder hacer algo llegado el momento… para nada.
-¿Amigo? ¿Este demonio ha venido con vosotros? –parecía costarle asimilar esa idea, no me extrañaba. Los Guardianes solo se juntan con demonios para matarlos-. ¿Ha venido con mi hija? –la forma en que lo dijo dio miedo. Colyn dejó de avanzar-. Este… demonio –la palabra sonó como el mayor insulto de la creación, incluso peor de cómo lo decía el-que-se-hace-el-héroe o su madre (que ya es decir)- ya se apoderó del cuerpo del bastardo de un Guardián para acercarse a mi hija. Creí haberlo erradicado del joven, pero por lo que veo, no solo ha vuelto a dominar sus actos si no que se ha introducido entre nosotros y te ha corrompido –lo que yo decía, él solito se ha montado toda la película de conspiración para incriminarme a mí. Se pensaba que yo era un demonio introducido en el cuerpo de un niño humano en lugar de haber nacido así, medio demonio medio humano; menuda manera de tergiversar las cosas, yo siempre he sido así, nunca me han poseído (me hice pruebas para comprobarlo y todo). Y él no me curó, lo que pasa es que mi cuerpo empezó a morirse y ya no producía energía mágica, pero él se creía magnificente. Tampoco había ido a propósito a por Lena, yo no sabía que su hija fuera una Guardiana y… Caí en ese momento, a pesar de que había tardado en hacer la conexión entre ambos. Él era el padre de Lena, la persona a la que tanto parecía adorar la arquera. El primer amor de mi vida era la hija de mi torturador; me “secuestró” en este lugar porque pensaba que yo pretendía hacerle daño a Lena. ¿Lena estaba al corriente de todo esto? El maldito prepotente mentiroso seguía hablando, como si su monologo pudiera interesar a alguien-: ¿Fue él quién te ha convertido en ese monstruo, Colyn? – otra falacia; Colyn acabó siendo mordido por su propia estupidez. Volvió a alzar el interruptor, su dedo a punto de volver a activar los grifos. Si el agua con Luz golpeaba a Colyn en un momento tan delicado como su transformación, moriría sin remedio. Mi oportunidad de salir…-. Como mi sobrino que eras, lamento ver cómo un demonio ha destruido tu alma. Deberé darle la noticia a tus pobres padres.
Di un rodillazo al guarda que me sujetaba la otra muñeca y me abalancé contra él antes de que terminara la frase. Lo tenía cerca, así que no pudo reaccionar a tiempo y mis colmillos se hundieron en su pierna. Perdió el equilibrio y ambos nos estampamos contra las baldosas. No se esperaba que me levantara, hasta yo me sorprendía de haber sido capaz de moverme. Volví a forcejear con la correa que me sujetaba la mano, la cual me hacía arañazos, y con él. Clavé mis colmillos esta vez en su muñeca y soltó el interruptor; de un manotazo lo mandé bien lejos. <<Un demonio que se precie solo usa sus colmillos para desgarrar o para intimidar>>; las palabras de Kaila riéndose de mis manías resonaron con lucidez en mi cabeza; esta vez iba a cumplir.
Me quitó de encima suyo con un simple empellón que me hizo rodar por el suelo encharcado. Gracias a que con ese golpe el pulgar se me había dislocado y pude sacar la mano.
La oscuridad amenazó con volver a tragárseme. No, tienes que estar alerta ahora más que nunca; la fuerza de voluntad era ya lo único que me movía.
Se puso en pie y me dio una patada para alejarme en el hombro, haciendo que la bala del pulmón desprendiera más sustancia de su interior. Grité pero sin aire no emití ningún sonido de mis labios (joder, ¿dónde están las drogas con efectos depresores sobre el sistema nervioso cuando las necesitas? Alcohol, morfina, marihuana… lo que sea que evitara que me doliera tanto). Lo mataría lentamente, ya estaba decidido de antemano.
-¡No le hagas eso! –Colyn sonó como un tornado y su puño envistió en un visto y no visto contra el doctor. Él abrió sus ojos azul turquesa. Las garras le desgarraron parte del cuello y la cara.
Colyn gritó al sentir el metal contra la piel. Él había usado su reloj de plata para mantenerlo a raya. Era un tipo muy avispado, sin duda.
-Colyn, las esposas… la llave –me apoyé en la pared apretando los dientes. Sentí que me despedazaban con ese movimiento; quería que el dolor acabara. En pie, eres mucho más fuerte que esto.
El doctor se giró, la sorpresa en sus ojos al ver que me levantaba (o hacía el esfuerzo de levantarme) fue evidente. Yo era mucho más fuerte ahora que cuando me tuvo preso siendo un niño, incluso sin magia. Me gustó poder apreciar los cuatro surcos sanguinolentos en su mejilla.
¿Me muero? Por el momento no, ya me encargo de que no sea así.
-No tengo la llave.
¡¡¡¿CÓMO COÑO ES QUE NO TIENES LA PUTA LLAVE?!!! ¡¿A QUIÉN SE LE OCURRE VENIRSE SIN LA LLAVE, JODER, ¿NO QUEDAMOS RECIENTEMENTE QUE EN LAS SITUACIONES NECESARIAS SÍ QUE PODRÍA USAR LOS PODERES?! ¡¡MÁS NECESARIAS QUE ESTA…!!
Lo asesiné con la mirada. Muerto Colyn no podría quejarse porque no lo hubiera ayudado a transformarse, es también una forma de hacer el trato.

Encantamiento 51, 2ª parte:


Respiré lentamente. Si me movía, apretaría el gatillo.
No, no lo haría; era más valioso vivo. Así podría retomar los experimentos que tuvo que abandonar. Seguro que ya se estaba montando una película de cómo había logrado meterme tan adentro del edificio (cuando lo que quiero es salir, ¿se puede saber qué tienen en contra de mí las puertas de salida? O a lo mejor es que los Guardianes tienen a los mismos arquitectos que hicieron las pirámides) y cuáles habrían sido mis motivos (pues que vengo obligado, pero ya verás, YA VERÁS CÓMO ME CARGAN EL MUERTO), le debía de encantar eso de tener una excusa con la que sacarme información por la fuerza.
El corazón me latía desbocado.
Apreté los dientes y giré rápidamente sobre mí mismo para voltearme. Tomé el arma a tiempo de que el disparo impactara contra el suelo y no en mi cerebelo. Forcejeamos para hacernos con el control del arma. No iba a rendirme tan fácil. Él tampoco se iba a dejar.
Di una patada en su estómago, las costillas le crujieron y fue a dar con sus huesos en el suelo; me tuve que resignar y soltar la pistola para que tuviera efecto. Ésta saltó por el aire, cayó con un sonido de juguete de plástico y se deslizó girando sobre sí misma hasta chocar contra la pared. Ambos saltamos desde nuestra posición en el suelo. Pero yo estaba mucho más ágil que aquel cuarentón. Tomé la empuñadura, ardía contra mi piel (maldita fuera, llevaba una pequeña cobertura de Luz para mantenerla alejada de demonios). Apreté los dedos con más fuerza y la alcé. Por dentro llevarían Luz pero la cobertura de los cartuchos seguía siendo de metal. Suficiente.
Él se volvió a lanzar contra mí, el impacto contra su hombro despidió sangre y lo lanzó con un golpe seco contra la pared. De tan cerca el efecto sobre sus huesos debía haber sido devastador. Pero no había tocado el corazón por poco… Y él era un Guardián, de modo que no se le consumía la carne.
El gatillo se encasquillo.
-No jodas… -la mente se me quedó en blanco. ¿Y ahora qué? Le di golpes como un desquiciado (¡Jodida sea tu madre, furula ya!). -¡Tiempo muerto, tiempo muerto! –Él puso cara de estar flipando conmigo (ni que uno no pudiera pedir tiempo muerto para desatascar el arma. Bueno, sí, vale, hasta yo me doy cuenta de que muy normal no fui). Llegué a golpearla un par de veces contra la pared a ver si de casualidad... Como el método a la vieja usanza no daba resultado pasé automáticamente a intentar desmontarla, pero me decía que necesitaba un código- ¡¡¡Será posible!!! –Se la tiré a la cara con toda mi mala leche, saltándole las narices de la buena puntería que tuve- ¿¡A quién se le ocurre poner un código en una pistola!? –la verdad es que era una muy buena idea para jorobar al que te la robe (demostrado que funciona), pero ni de coña se lo iba a reconocer en voz alta.
Rumió sujetándose la nariz al tiempo que tomó algo que estaba junto a su busca. Un interruptor. Retrocedí como si acabará de ver un símbolo de radiactividad; conociéndole no sería muy diferente.
¡Quítaselo! Fui de nuevo hacia él, la pierna me fallaba. Pero ya era muy tarde.
Lo presionó. Los aspersores del techo entraron en acción.
Estuve a punto de gritar por la sorpresa. Me quemaba. ¿Agua bendita? No creía, eso no funcionaba más que en las películas. Debía llevar Luz disuelta. Me cubrí los ojos sin que sirviera de mucho. Me cegaba. Los nervios sensitivos me gritaban que tenía el cuerpo en llamas. Era peor que el ácido sulfúrico, y lo digo desde la experiencia.
Dio unos tranquilos pasos y la tomó del suelo. Metió el código. Volvió a montarla correctamente. Revisó las balas del tambor.
-Cuatro…
Y vació el cargador contra mi estómago.

domingo, 20 de noviembre de 2011

Encantamiento 51; 1ª parte:



-Su hija descansa dormida en la cama, doctor.
-Entonces será mejor no molestarla –dijo él, su voz sonaba más desgastada, aunque conservaba esa nota amistosa.
La enfermera asintió y dio media vuelta. Él volvió a girar el pomo y frunció el ceño, pensando en que creía haberla cerrado con llave antes del viaje que lo mantuvo fuera esos últimos días. Contuve el aire, no iba a cerrar la puerta; una pequeña posibilidad. Se dirigió al escritorio y dejó su maletín sobre éste. Me había dado tiempo a meterlo todo en los cajones por muy poco.
Se paró junto al escritorio y lo miró fijamente. Sobresalía la esquina de unos documentos de la pila de carpetas.
Tomó esos folios del resto. Permaneció en silencio unos interminable segundos.
-Exp.149-2010EMD-B… Humm, creo recordarte, demonio. Poseías el cuerpo de un pobre niño, Alexander, ¿cierto? –se giró arrastrando los talones.
Sus ojos azules se cruzaron con los míos. No había rastro de odio o asco en su mirada, pero sí en su aura.
Corre.
Me despegué de la pared entre los archivadores y la puerta. Al no haber armarios o conductos de ventilación lo suficientemente grandes para meterme había optado con soñar con que la puerta me mantuviera a salvo. Él sacó una pistola que llevaba escondida bajo la gabardina en el cinturón. Dos disparos. Me agaché cuando el cristal de la puerta estalló sobre mí. Pero no paré y salí corriendo de allí.
El pasillo era recto y demasiado largo. No había sitios donde esconderse, ni niveles a los que saltar. De mis habilidades solo podía emplear la velocidad.
Probé a abrir alguna de las puertas. Nada, cerradas con llave.
Él también salió del despachó. Volvió a levantar la mano del arma. Nuevos disparos. La bala me rozó la mejilla pues no fui capaz de apartarme más. La sangre, en lugar de salir, burbujeó, la piel se me enrojeció y ennegreció en torno al corte. Escocia, sentía el ardor de una de sus “curas” penetrarme en la carne. Eran balas de Luz; no eran solo un futuro proyecto, existían.
Recordé el dosier. Si me alcanzaban sería como volver a recibir una inyección de “cura”. La Luz me destruiría por dentro. Más motivos para no dejarme alcanzar.
Pensé rápido. La puerta del nivel 4. Colyn dormía allí, él tenía que defenderme en caso de pelea con otros Guardianes. Le usaría de escudo.
Un vigilante apareció cortándome el paso. Había avisado a los refuerzos.
Me lancé contra el guarda, con un codazo en el cuello lo derribe. Disparos. Lo enganché por el uniforme y lo puse entre el arma y mi pescuezo. Los balazos convulsionaron su cuerpo al impactar. La sangre bulló repugnante de las heridas gris y amarilla, olía a putrefacción nada más entrar en contacto. Los ojos se le pusieron en blanco y la boca se le desencajó al tiempo que la espuma gris le goteaba por una de las comisuras. Era humano, no un Guardián. Y la Luz destruye lo negro y lo gris, cualquier cosa que no sea Luz como los Guardianes.
Sentí asco y angustia, no quería acabar igual.
Torcí de repente tirando el ya cadáver sin ningún miramiento (si seguía arrastrándolo en forma de escudo, no podría ir deprisa y él me alcanzaría a las primeras de cambio). La puerta sí que se abrió (¿milagro?). Pero los disparos volvieron a escucharse. Dolor, intenso. Ardía sin necesidad de llamas. Perdí el equilibrio. La pierna derecha se me convulsionaba, llevando el temblor al resto de mi cuerpo. La sangre negra empezó a gotear a través de la tela del pantalón. Apreté los dientes, reabriéndome las llagas de los labios. Sentía mi sangre en la boca, pero al menos ésta sabía a metal y no a podredumbre.
Alcé la mirada y la boca se me desencajó. Reconocí a aquel ser atado y amoratado, sentía el poder de un Seamair en él: -Tía Lújura…–ella había desaparecido poco después de mi nacimiento, nunca la había visto en persona. Pero ella era la única cuyo paradero se desconocía desde hacía años y que encajaba en el perfil; no podía ser más que ella.
Ella hubiera abierto los ojos en mi dirección si sus cuencas no hubieran estado vacías y las amarras no le sujetaran la cabeza contra la silla. No tenía piernas ni brazos, solo muñones en su lugar. Apenas quedaban unos pocos mechones de pelo rojo sobre su cabeza. También le había amputado las orejas puntiagudas. La trabajosa respiración a través de los tubos de plástico implantados y los monótonos y débiles pitidos que monitorizaban su pulso eran lo único que resonaba en aquel pequeño agujero oscuro. La había visto en retratos, estaba irreconocible. Si alguien me hubiera dicho que se trataba de la desaparecida madre de Kaila, no lo habría sido capaz de creerle.
-No eres… humano, tampoco Guardi-án. ¿Demonio…? Tal vez… ¿Eres tú… el hijo… que tuvo… Mihory?
Él llegó a mi altura y puso el cañón de la pistola contra en mi coronilla.