sábado, 19 de noviembre de 2011

Encantamiento 50: Exp.149-2010EMD-B y video adjunto.

//A Gaby T.P le dedico este encantamiento, pues sé lo duro e irritante que resulta tener que aguantarse y esperar XD//



Han pasado dos días.
No puedo soportarlo. Este sitio me pone enfermo; demasiados recuerdos relacionados.
Y cada segundo me costaba más disimularlo.
Había un par de enfermeras, un camillero y un guardia a los que reconocí. Estaban más grises, más arrugados y más apagados; pero reconocía a la perfección sus auras.
Me mantenía en silencio, observando en silencio como siempre. Agobiándome solo de pensar que en cualquier momento podrían mirarme y darse cuenta de quién era yo; pero ese momento no se producía. De verdad no parecía que supieran de quién me trataba, pensaban que solo era el compañero de sus amigos Guardianes. O tal vez todo era una trampa, podían estar esperando a que bajara la guardia… No tenía la sensación de que fuera eso, pero, joder, yo qué sabía.
Convencí a Colyn para que buscara conmigo una salida y para que preguntara él que era más de fiar para los Guardianes. Le expliqué que, si se iba a convertir, mejor no hacerlo en un lugar donde había gente y donde podían encontrarnos, que era mejor el exterior.
Yo, por mi parte, seguí buscando cada vez que no tenía los ojos de alguien puestos encima (lo cual ocurría rara vez). Aquel maldito agujero era como un bunker, cada nivel aislado del siguiente; una caja acorazada. Quería gritar, matar a cada persona con la que me cruzaba. Pero no debía… y no podía. Llevaba las esposas y en aquel sitio estéril no encontraría ninguna fuente de energía con la que provocar un cortocircuito como la última vez.
<Mi padre es un famoso inventor, él creó por ejemplo esas esposas antimagia que llevas>; Lena estaba tan sumamente orgullosa que hasta me dirigía la palabra. Iba a darle algo de las ansias que tenía por volver a verlo. Al parecer su padre se pasaba prácticamente todo el año en aquellos laboratorios aislados del mundo civilizado (no hay teléfonos, ni internet, ni se pueden usar las bolas de cristal, ¡nada!) y, como Lena luchaba para la Orden de forma regular en otro país, apenas podía mantener contacto con él. De ahí que le tuviera tantas ganas al reencuentro.
Pero lo que me dijo me dio la idea de buscar los planos de las esposas, tal vez me dieran una pista de cómo quitármelas. Total, tampoco estaba más cerca de encontrar la salida del quinto nivel. Y, quién sabe, a lo mejor no buscando la encontraba de casualidad, ¿no? (sí, incluso en momentos como este en que sentía que me desquiciaba, me daba por pensar tonterías como esta).
Volví sobre mis pasos por el nivel tres. Se suponía que afuera era de noche y todos dormían, pero sin ventanas aquí dentro los fluorescentes brillaban constantemente con la misma intensidad. Iba en contra de mis instintos que me apremiaban a seguir buscando el exterior. Pero hice un gran descubrimiento:
“Dr. Dande”.
Me quedé petrificado ante la plaquita de la puerta. El pasillo estaba vacío, como casi todos; no necesitaban gente para evitar que alguien escapara, lo sabía por experiencia.
Me arrodillé frente al pomo y empecé a poner en práctica todas las técnicas de la calle que me forcé en conocer para cuando tuviera que prescindir de magia (al menos había sido precavido de guardarme las espaldas). Desde pequeño ya había tenido, además de la manía de escuchar a escondidas, una cierta cleptomanía… No me arrepentía, ambas habían demostrado ser vitales para mi supervivencia.
Joder. Cuanto deseaba poder mover los pistones de un simple chasquido. Tardé bastante, pero acabó girando para el lado correcto.
Eché un último vistazo conteniendo la respiración y me metí dentro de la habitación.
Era igual de blanca y gris que el resto de habitaciones. La única diferencia era la mayor condensación de archivadores e informes y que había un escritorio en lugar de camilla. Los archivadores se me resistieron menos. El pulso se me aceleraba a cada folio sobre el que pasaban mis ojos. Me descubrí relamiéndome los labios; aquello era una mina: balas que despedían Luz al impactar en el cuerpo del demonio, bombas de polvo de plata, cascos contra el control mental con los que se podía anular todas las habilidades de los Demonios de la Locura (los Seamair), círculos con los que se podía aprisionar a demonios… Aquello me dio mala espina, estaban preparando un plan para el exterminio de las razas mágicas.
Otro archivador llamó mi atención: “sujetos de experimentos”. Solté el dosier de las balas de Luz. “Posesiones”. “Exp.149-2010EMD-B”. El estómago se me puso del revés. Una foto mía con ocho años, pálido, ojeroso, chupado y sin apenas pelo, encabezaba la montaña de folios. Los dedos se me crisparon, me tenían fichado.
Tenía que llevármelo, destruirlo.
Un sudor frío se me deslizó por la nuca.
Cinta de video del experimento realizado el XX-XX-XXXX adjunto con el código 131596MTBDZSYM”. Video del experimento; me quedé petrificado. Había gravado…
Salté repentinamente del sitio. Revolví, tiré el contenido de los cajones por los suelos; ya recogería. En cuanto la encontrara... No podía permitir que tuvieran una cinta mía. No, eso ya era demasiado. Demasiado horrible, demasiado doloroso y vergonzoso. La rompería, iría directa a la basura en cuanto consiguiera salir de este maldito sitio.
Unos pasos por el pasillo: mocasines. Se acercaban. El corazón dejó de latirme en el pecho. Él, quien me torturaba, el jefe, era él, podía sentirlo. Seguía vivo y estaba aquí…
Miré el despachó. No tenía tiempo para comprobar cómo me sentía, solo para pensar rápido. Estaba demasiado cerca, no podía recogerlo todo a tiempo.
Una sombra se movió al otro lado del cristal. El pomo empezó a girar.
Tampoco podía salir.

jueves, 17 de noviembre de 2011

Encantamiento 49, 2ª parte: Atrapado en una pesadilla real.

-¿Alec? –volvió a preguntar. Frunció el ceño y levantó las manos en mi dirección, preocupándose-. ¿Estás… bien? –no; ya habría vomitado de no tener el estómago vacío.
Abrí la boca para decírselo, pero dudé. No, no iba a contarle toda la verdad. Sería demasiado doloroso y vergonzoso repasar los recuerdos, hablar de ellos en voz alta ya ni pensarlo.
-Algo ha pasado y debo volver –mi voz sonó fría y sin emoción; como siempre, menos mal.
-Alec, estamos en mitad de Canadá, ni siquiera hay carreteras desde aquí –intentó persuadirme-. ¿Qué es lo que ha pasado?
-No lo sé, la adivina no le dio tiempo a decírmelo –me costó no ladrarle esta vez, no quería dar más explicaciones. ¡El que necesitaba recopilar información con urgencia era yo!
Colyn retrocedió. Se me notaba la mala leche; siempre he tenido esa actitud incluso sin proponérmelo pero con el tiempo logré ocultarlo con una máscara de indiferencia. Ahora no tenía ánimos para forzar mi cara de póquer. Joder. Tenía que calmarme para pensar con la cabeza fría, me repetí.
Tomé aire. Apreté los puños y me mordí los labios hasta sentir suficiente dolor como para distraerme; de nuevo no me importaba el dolor por muy desagradable que fuera si sabía que duraría poco. Entonces exhalé el aire lentamente y templé mis nervios.
No cabía duda. Aquel era el laboratorio de la Orden de los Guardianes de la Luz que yo recordaba. En el que había estado internado.
Me relamí la sangre.
-Déjame tu móvil, por favor –siempre me costaba tener que pedir algo a otros, estaba acostumbrado a apañármelas yo solo.
-No hay cobertura –pero aún así me lo tendió-, ¡esto es Canadá! –ignoré la forma en la que había logrado despreciar a un país entero como si nada (habla como si en Canadá solo hubiera bosques nevados, osos y caribúes). Tenía razón, ni una sola barra.
Resoplé.
Si decía la verdad, estábamos incomunicados. Yo solo había conseguido salir en una ocasión al exterior; aunque los sistemas de seguridad siguieran siendo los de entonces, esto era un laberinto. Convencerlos para que me dejaran ir sería difícil y llevaría mucho tiempo, aparte de que era mejor no hablar con los trabajadores (podía haber alguien de aquella época que me reconociera). Nicole; la recordé intentando evitar que me fuera cuando supo que algo malo me esperaba. Casi seguro que ella estaría dispuesta a ayudarme. Puede que incluso Yell o Cristofino vinieran a sacarme de aquí si se lo pedía aunque eso provocaría demasiados cambios a mis planes de vender a los Guardianes para poder volver con los Seamair (si alguno de ellos dos me ayudaba ahora, el precio a devolver se duplicaría).
-¿Y un teléfono de cable? ¿Tienen aquí bolas de cristal? –yo llevaba la que le robé a la gitana, podía ser mi oportunidad en el caso de que allí no tuvieran pantallas mágicas para crear interferencias (la conexión entre bolas, aparte de segura, no se puede cortar por falta de cobertura o esas cosas, pero sí entorpecerla hasta que sea inteligible).
-Humm, no… no sé –volvió a arrugar el entrecejo al verse contrariado-. Eso tendrías que preguntárselo a alguien de aquí. Alec, ¿estás bien? No es… normal que me hables tanto, ni que me pidas cosas.
Ignoré a Colyn por completo. Tenía que conseguir un teléfono o llegar hasta algún sitio con material para abrir un portal. Pero de momento… Miré a Colyn de arriba abajo.
-¿Y Lena? En cuanto termináramos el envió nos volveríamos, ¿no? –lo mismo podíamos irnos rapidito y mis planes de huida se volvían innecesarios (tengo tendencia a ponerme en lo peor).
-¿Eh? Oh, pues… verás, el chisme para controlar los portales se rompió al llegar nosotros. De modo que nos han invitado a quedarnos un par de días.
El alma se me cayó a los pies. ¿Invitado… un par de días? Nada en esa frase tenía sentido en mi cabeza. ¡Maldita sea, lo había roto yo porque la adivina me hizo dudar y crear los dichosos problemas técnicos que lo habían cascado, había conseguido que yo solito me dificultara las cosas (¿veis por qué prefiero ponerme en lo peor? Es que no falla)!
-¿En serio?
-Sí, mi tío, el padre de Lena prometió que vendría en cuanto pudiese para recibirnos. En los próximos días estará aquí.
Por la forma en la que hablaba seguramente debía pasarse mucho tiempo aquí, pues lo decía como si esta fuera su casa. La idea me repugnó. Pero ya sabía porqué Lena estaba tan emocionada con venir a este lugar, para verle a él. A su padre, no a ningún novio (o eso supongo, lo segundo no está todavía confirmado).
-De acuerdo –mentí, aunque se notó que me enfurruñé un poco. Estaba desesperado aunque jamás lo fuera a admitir. -Es importante. Vayamos a buscar –quería mantenerlo bien controlado, además de que él debía cumplir la promesa que hizo de protegerme.
-Pero Alec, tal vez si nos vamos a tener que quedar esta semana aquí necesitaríamos hablar de eso.
Lo fulminé con la mirada. ¿Ahora quería prepararse para su transformación en hombre-lobo? ¿Ahora?

sábado, 12 de noviembre de 2011

Encantamiento 49, 1ª parte: Atrapado en una pesadilla real.

<<Las amarras alrededor de mis muñecas me quemaban al retorcerme. Lo sabía pero seguía luchando, tenía que liberarme de ellas. Tenía que escapar…
Sentía el cuerpo pesado, como dormido. Las correas de la camilla metálica habían sido adaptadas a mi pequeño cuerpo; llevaba ya mucho tiempo en aquel agujero.
Sentía una presión en el pecho muy fuerte. No me importaba admitirlo porque era total y absolutamente cierto: tenía miedo, mucho más que miedo. Desesperación.
El eco de unas pisadas ya se oía por el pasillo, “él” se estaba acercando. Podía imaginar sus mocasines contra el asfalto, avanzando con firmeza, como si lo estuviera viendo. A medida que sus pasos resonaban con más fuerza, acercándose, mi respiración se enrarecía y un sudor frío me invadía. Tenía miedo, miedo al dolor sin fin. Podía soportar estar preso y las torturas por muy joven que fuese, tal vez que yo nunca hubiera merecido nacer en este mundo; pero era incapaz de resignarme a vivir así por siempre. Era demasiado.
A cada segundo “Él” se acercaba trayendo consigo el fuego que inyectaría por mis venas, para matarme desde adentro, y mi lucha se hacía más desesperada. Cerré los ojos; ya qué más daba. Las enfermeras y doctores siempre insinuaban o directamente lo decían que esto era culpa mía por haber nacido así, por no ser totalmente humano ahora tenía que pagar. Empezaba a creerles, no veía más motivos para tanto odio.
No merecía la pena luchar, no me esperaba más futuro que este. Tenía que resignarme a esperar la muerte, aunque me costara…
La puerta chirrió como un grito de horror. Ya apenas tenía voz… ¿Cuánto hacía que no hablaba? No lo recordaba, el pasado se había vuelto gris; no quería mirarlo. Más o menos desde que mis poderes se apagaron. Cada vez resistía menos, mi cuerpo había dejado de regenerarse como antes. Sabía que me moría, podía sentir como la vida me iba dejando, pero es que lo hacía tan lentamente… Si al menos supiera que mi condena duraría poco.
Giré la cabeza todo lo que la camilla me permitía. Su contorno en la entrada. En una mano llevaba la jeringuilla, con su brillante líquido ambarino y blanco: el fuego, el veneno. Luz. Aunque él seguía llamándolo “cura”…
Sentía los ojos ardiendo. Ya no me quedaban plegarías, hacía mucho tiempo que había perdido la esperanza. Yo ya solo pedía para que todo terminara.
Se acercó, con su sonrisa bonachona siempre pegada en los labios. “Él” siempre me decía que esto era por mi bien, siempre decía lo mismo antes de hacerme gritar de dolor…
Sobre el corazón, el símbolo de una cruz adornaba su bata blanca. No había sido hasta hace poco que comprendí que aquel otro símbolo que se encontraba junto al primero se llamaba esbastica y cuál era su significado. Yo era una anomalía demasiado horrenda para su ideal de un mundo dominado por una única raza superior.
Exhalé el aire contenido.
Quizá esta vez el fuego sí que me mataría…
Pero lo que hizo fue dejar la jeringa junto al resto de artilugios médicos. No iba a usar la “cura”, no todavía. Mis pulmones se llenaron de alivio inconscientemente; cualquier otra cosa era preferible, cualquiera.
Tomó un escápelo y sacó su reloj con segundero del bolsillo.
-Bien, veamos cuánto tardas esta ocasión –el escápelo descendió en su mano, firme y sin prisas. Apoyó su filo contra mi garganta. Un dolor punzante y cuando quise gritar, solo salió sangre. >>
Desperté de golpe llevándome las manos al cuello. La luz de los fluorescentes del techo me arañaron las retinas. Tenía la respiración acelerada y los músculos agarrotados. Pero no había sangre fuera de mis venas.
Una pesadilla, solo había sido otra pesadilla más.
Me tapé los ojos de la potente luz e intenté respirar hondo.
La única diferencia es que esta sí que pertenecía a mis propios recuerdos. Los demonios de la Locura eran capaces de apoderarse de recuerdos ajenos y yo hacía unos años que había empezado a llevar a la práctica esta habilidad; no era raro que en sueños esos recuerdos vagaran por mi mente sin control. No era algo agradable pero los prefería, como he dicho, a mis propias memorias.
Un escalofrío me recorrió al volver a recordar aquella escena de mi pasado. Sólo tenía ocho años.
Respira, aún tienes pulso, concéntrate en eso.
Sabía que ellos no llevaban razón, que en aquella época lo más malvado que había hecho fue robar calderilla y responder de las mismas malas maneras con las que me trataban, pero aún así habían conseguido que me sintiera culpable incluso hoy en día de querer vivir.
Tomé aire, pero solo empeoró todo. Aquel sitio olía a antiséptico, lejía y azufre, los hedores que empleaban para tapar el aroma de la putrefacción en mis pesadillas. Mis dedos se agarraron como garras a los bordes de la cama. Reconocía aquella habitación; el techo, las baldosas… Solo eran un poco más viejas. Me levanté de un salto. Hasta el tacto de las sabanas era el mismo. No había correas, pero si no hubiera sido la misma camilla en la que a veces me dejaban descansar cuando no estaba atado a la de disecciones.
El horror me recorrió entero. Había vuelto…
Me apresuré a inspeccionar mi cuerpo. No había heridas, llevaba la misma ropa con la que vine y las esposas antimagia.
No… ¿Cómo?
Corrí a la puerta. No estaba cerrada, no esta vez. ¿Eso quería decir que esta vez no era un preso?
Salí fuera. Mis temores se confirmaron. Yo había intentado huir por ese mismo pasillo hace años. Blanco, gris en las juntas de las baldosas, con puertas en ambas paredes y muy largo. Seguía pareciendo no tener fin.
Perdí el equilibrio y me apreté contra la pared. La vista se me nublaba. Esto no podía ser real, no podía estar pasando. Pero mi cuerpo, mi magia, reconocían las paredes que me rodeaban.
Quería llorar. ¿Cómo es que había vuelto? Entrecerré los ojos. Recordaba las cruces, los lemas y las jeringas llenas de la “cura”. Esta era una institución de los Guardianes de la Luz.
¿Me habían traicionado? Colyn había jurado por su alma que evitaría que los otros Guardianes me mataran o hirieran; si no cumplía la magia de Luz del trato le provocaría grandes dolores.
Tragué saliva, pero tenía la boca demasiado seca. Sea como fuere no podía quedarme allí quieto. Tenía que ponerme en movimiento; el instinto me gritaba que no me quedara quietecito a que vinieran las enfermeras a ponerme correas. Plan: buscar un mapa o cualquier cosa que ayude a saber cómo he llegado hasta aquí y cómo escapar vivo.
-¿Alec? –me giré al escuchar la voz de Colyn en el otro extremo del pasillo. Parecía sorprendido de verme despierto… y aliviado. Analicé cada centímetro de él. No daba la impresión de haberme traicionado. Apreté las mandíbulas y me apresuré a separarme de la pared y poner la postura erguida y un poco distendida de siempre; no iba a permitir que me viera arrastrándome. Pero tenía los hombros demasiado tensos.- Joder, ¿qué te paso? ¡Te teletransportaste inconsciente y a tres metros de altura del sitio!
Supe que era cierto lo que afirmaba. Porque me había resistido y eso había producido fallos en la teletransportación, incluso daños en mi cuerpo. Pero el tiempo en cama había bastado para curar los daños internos; me daba cuenta de los procesos ocurridos en mi organismo como si leyera el historial de un ordenador.
-¿Qué es este sitio? –no respondí a sus preguntas, no podía ni siquiera distraerme para fingir normalidad. Cuidado, Alec, tú no pierdes los nervios o al menos no lo demuestras ante nadie que no vaya a morir de inmediato.
-Un centro de la Orden dedicada a la investigación…
Investigación. ; quise soltar una risa amarga.
¿Era aquí a dónde nos dirigíamos para recoger las armas? Pueden que también investigaran para conseguir nuevo armamento. Buscando los puntos débiles de los demonios…
Volví a apretar las mandíbulas hasta que la presión fue insufrible.
Rencor. Puro y duro definitivamente colmataban mis venas. Ya lo creo que investigaban; lo habían hecho conmigo.

domingo, 6 de noviembre de 2011

Encantamiento 48: Perdiendo miembros corporales o directamente la cabeza por el camino.


Estábamos en el porche de la casa, en el sitio preparado para formar un portal.
El medicucho Gin había intentado bromear conmigo diciéndome que le trajera una metralleta, pero le dejé sin palabras cuando empecé a preguntarle, muy serio, si prefería algún modelo en concreto, los recambios, si la quería fácil de transportar o en plan franco tirador…
Ir a por armas me parecía algo fácil; los Seamair fabricaban y traficaban principalmente con armamento. En el Infierno, antes de ser Repudiados, fueron la familia de armeros oficiales de la corona. Y al exiliarse a esta dimensión habían continuado con la profesión actualizándose con los siglos. Yo de hecho me pase dos años en el conflicto de los Balcanes suministrando armas (a ambos bandos, claro está). Ahogué una sonrisa al recordar que la estúpida de Campbell se empeñó en seguir llamándome y mandándome mensajes incluso para que le contara si el techo temblaba mucho durante los bombardeos entre guerrillas; ya en esa época estaba empecinada con que nosotros dos éramos amigos. Durante el primer año allí le gané estas botas de combate que tanto aprecio a un general en una partida de póquer (en la que también es obvio que hice trampas). A pesar de tener que vivir entre el fuego cruzado, que llegué sin saber una sola palabra del idioma y que yo era el único de los aliados de los Seamair que estaba por allí trabajando, fueron buenos años y llegué a salir un par de semanas con una sirena obsesionada con el baile, que solo era agradable en estado de embriaguez y con la que acabé bastante mal (Kristofino se empeñó en hacerme regresar al Trébol para mi fiesta sorpresa de cumpleaños, así que rompí con ella y me fui del país). Pero esto son historias del pasado que apenas influyen en lo que tenía lugar en ese porche de balaustras de piedra.
Volví a repasar con la mirada a los presentes.
Campbell no había salido porque era de día (y porque la terrorífica esposa de Albert estaba presente y se lo había prohibido, ya sabéis), pero se había encargado de despedirse de mí entre berreos (tuve que patearla, esa imagen suya era horrenda a parte de insoportable; ya me lo agradecería).
Robert, Colyn y Gin concretaban la posición donde teletransportarnos.
Gigi estaba sentado en una silleta, dándole vueltas a la libretita en la que intentaba dibujar sus predicciones (y digo intentaba porque esos garabatos no hay dios que los entienda); lo de dibujar las visiones era algo muy típico de los adivinos para retener mejor los detalles que veían. Su madre estaba plantada de pie, completamente rígida como un palo de escoba y de brazos cruzados, era la anfitriona y solo por eso iba a despedirnos (los buenos modales), pero la cara de asco que le deformaba los finos labios no era para nada hospitalaria. Nicole estaba apoyada en la balaustra cerca de mí, también de brazos cruzados y mirando fijamente la superficie del lago que nos rodeaba. El-que-se-hace-el-héroe aún no había vuelto de buscar gresca con la que desahogarse de las calabazas de la Cucaracha y Doña Reglas de Comportamiento (como Nicole había ayudado a apodar) parecía empeñada en culpar a su “nuera” de ello.
Lena tenía una cierta emoción mal controlada en el cuerpo. Parecía demasiado contenta para tratarse de un cargamento de espadas y flechas por mucho que a los Guardianes pareciera emocionarles esos trastos del año catapúm (donde allá una buena metralleta o un cuchillo fácil de esconder en la bota, que se quiten tonterías). Allí a dónde íbamos debía de haber algo o alguien que se moría por ver. Me mordí los labios con excesiva fuerza. ¿Un novio? Lo más importante: ¿qué haría yo de ser así? Por falta de costumbre sabía manejar mejor los celos ajenos que los propios.
Finalmente teclearon las claves del portal en la máquina.
-Enlace listo.
Este era un procedimiento ya habitual en todos los que allí estábamos, sabíamos perfectamente el protocolo a seguir. Alguien metía en unos mandos de control encantados las coordenadas para formar un agujero de gusano hasta el punto de destino, nosotros nos íbamos, se cerraba el agujero y el resto de asistentes solo estaban allí para despedirnos por pura apariencia de que se nos quería y chorradas de cortesía parecidas.
Un círculo de luz pálida apareció frente a nosotros, espirales de colores giraban en su interior y levantaba un fuerte viento hacia su centro. Momento de irse.
Nos acercamos al portal. Ya sentíamos su poder absorbiéndonos. Colyn dio un paso y desapareció en el torbellino, Lena lo siguió.
C.Lence salió corriendo de la casa y se plantó entonces junto a Nicole, lo cual llamó mi atención.
-Deberías aprovechar para despedirte –la oí comentarle en voz baja-, podría ser que no volviera…
Nicole frunció el ceño y entonces abrió mucho los ojos, la boca se le descolgó al oír la advertencia.
-¿Qué… cómo?
La adivina la ignoró y se giró hacia mí. Tenía una hoja arrugada en la mano, una predicción recién hecha. Me puse tenso, algo malo pasaba.
-Ándate con cuidado y abre mucho los ojos. Pondré velas por ti, brujo –puso esa sonrisa en forma de línea curva-, ¿las quieres negras?
Nicole reaccionó dando un salto fuera de la balaustra y alargando los brazos en mi dirección.
-¿Qué ocurre? –Intenté retroceder, pero me estaba arrastrando dentro- Adivina, ¿¡qué es lo que me va a pasar!? –elevé la voz para intentar hacerme oír a través de la ventolera. ¡No, no, no, joder, maldita lianta, se supone que estas aquí para ayudar!
Nicole se acercó al agujero del aire, pero C.Lence la interceptó y llamó a su discípulo para retenerla entre ambos. Estaba intentando explicarle a la Cucaracha, alzando cada vez más la voz, que ella no podía ir, que el destino no lo quería así. Los demás que allí estaban no entendieron nada, no habían podido escuchar las palabras de la adivina.
El cielo se nubló y los truenos resonaron; Flor creando un microclima. Albert también estaba intentando retener a la Cucaracha, solo por eso las descontroladas fuerzas de Flor no bastaron para pasar por encima del Canijo Llorón y la desteñida.
Las figuras de sus cuerpos empezaron a alejarse.
El miedo me inundó. Resistirse a una teletransportación era peligroso, aumentaba mucho la posibilidad de perder miembros del cuerpo por el camino. Pero la inquietud de ese momento fue más fuerte. Si el instinto me decía que saliera de allí, mejor obedecerlo. Con fuerza sobre humana logré elevar la mano fuera del torbellino que me engullía. No podía alcanzar los ya familiares dedos de Nicole. Ella gritó mi nombre, en su voz resonó el eco de la Flor de Oro. No había aire en mis pulmones. Los oídos empezaron a pitarme; estaba provocando problemas.
No sé cómo conseguí escuchar bien las siguiente palabras de la adivina, tal vez las imaginara: -Diría que vais a ir a la casa de Lena… A por sus recuerdos; la Lena que tú conociste volverá.
Repetí automáticamente sus palabras en mi cabeza. Eso era imposible, ¿Lena iba a recordarme?
Era demasiado tarde, me resigné con un nudo en el estómago. La oscuridad me tragó por completo, sentí cómo me daban vueltas, como si estuviera metido en una lavadora. La velocidad me mareaba, quería vomitar pero también me provocaba un vacio en el estómago y los pulmones. Ya no podía divisar el porche de piedra porque ya no estaba allí.

(Aquí Nicole enfadada pero potentorra rodeada por el aura de Flor)

sábado, 29 de octubre de 2011

Encantamiento 47, 2ª parte: Que no todo son golpes y escenas de acción.


Era obvio que el Canijo sentía una tremenda curiosidad hacia mi persona. Él nunca antes había visto un demonio tan de cerca (aunque yo solo soy medio, y la Rana… da risa o pena según lo mires)  y parecía que no se le pasaba la sorpresa de ver que yo no echara humo, ni tuviera garras o comiera carne cruda como un poseso y eso tipo de cosas de las historias que le habían contado desde pequeño para ir poniéndolo en contra de lo mágico. Por no hablar de que yo le había salvado la vida en una ocasión (y en consecuencia yo me había quemado los brazos con Luz. Conclusión: no pienso volver a repetirlo si no me pagan un millón de dólares o más).
El adivino tampoco me caía demasiado bien; los críos tienden en su mayoría a ser unos cansinos caprichosos y él lo cumplía en el sentido de mirarme todo el tiempo y seguirme aunque no se me acercaba (es bastante incómodo si no estás ya acostumbrado). No era muy guapo, al contrario que su padre y su hermano mayor, pero aún así tenía un gran parecido con el-que-se-hace-el-héroe y casi todos los rasgos afilados y huesudos de su madre. Tampoco se parecía a mí, excepto en el pelo.
-Ah, vale –no me puede importar menos. Me crucé de brazos, mi tono de voz demasiado despectivo pareció incomodar al Canijo.
Colyn se dio cuenta de ello, de modo que intentó volver a reírse de la situación. Tenía ese vicio; seguramente porque su mejor amigo, el-que-se-hace-el-héroe, tenía un pronto muy agresivo y eso había provocado que Colyn desarrollara una necesidad de relajar el ambiente a la mínima que se ponía tensa, temiendo que acabara en pelea (aunque eso solo pasa con “el héroe”; ya ves tú, yo personalmente no tengo ningún interés en abalanzarse sobre ese crío y su bomba de relojería con pelo).
-No hagas mucho caso al viejo brujo, es así de arisco la mitad del tiempo. Já… Y la otra mitad nos ignora a todos…
Alcé una ceja. ¿Viejo? Si hasta Colyn era tres años mayor que yo.
-¿Cuántos años te crees que tengo?
-¿Eh? –desvió la atención del Canijo.
Bufé. Estúpidos. Como los demonios teníamos tendencia a ir envejeciendo cada vez más lento conforme sumábamos años y eso daba la impresión de que la mayoría eran todavía bastante jóvenes, aparte de que de forma natural podían vivir miles de años, parecían tener asumido que no había niños pequeños ni adolescentes, como si nada más nacer pasaras a cumplir quinientos años. Pero tampoco puedo esperar mucho de estos ignorantes.
Me giré y me fui de allí con paso firme. No me iba a quedar si eso solo servía para perder el tiempo (Colyn no me hace ni puto caso, pues peor para él, lo mismo tenemos suerte y al transformarse le deforma un poquillo la cara al-que-se-hace-el-héroe (eso seguro que le bajaría los humos, no hay mal que por bien no venga)).
-¿Le caigo mal? –oí que le preguntaba en voz baja al pelirrojo.
-Ah, pues… No creo –pero no lo decía muy convencido.
-Yo, esto -dudo como si se avergonzara de lo que iba a decir-, le he visto jugando conmigo y hablando “de mujeres”… -¿había tenido visiones conmigo? Seguí caminando hacia la puerta.
-… Pues no sé qué me inquieta más… -yo tampoco, ¿para qué iba yo a querer hacer cualquiera de las dos cosas?
En aquella casa se comportaban como si el Canijo Llorón no se fuera a convertir en adivino. Tanto odiaban la idea de perder a alguien de su sangre, a un futuro Guardián; alguien “puro” iba a mancillar su estirpe al convertirse en un simple “humano con poderes”. Era un tema completamente tabú. Y mucho más si la señora Karen Kensington, la esposa de Albert y madre de mis cuatro medio hermanos (uno la palmo y al otro aun no lo conozco, pero yo los sigo contando junto con Rob y Gigi) andaba cerca. Por suerte, yo solo me la había cruzado una o dos veces (yo me paso la vida fuera, de misión en misión), pero Campbell (que no puede salir de la casa) me había contado que ésta le había prohibido entrar en más de la mitad de las habitaciones y que no podía estar presente si ella también lo estaba. La esposa de Albert era profesora de conducta, enseñaba a las jóvenes chicas Guardianas a comportarse como princesitas y a ser buenas amas de casa. Otra cosa que me había dado cuenta (yo voy enlazando temas y yéndome por las ramas cada vez más; es el efecto de la morfina que acaban de darme y de una posible conmoción cerebral): solo había visto tres mujeres soldado. Al parecer, la moral cristiana católica se llevaba al pie de la letra y estaba muy mal visto eso de que las mujeres dejaran el hogar para coger las armas. A mí se me hacía muy raro, estaba acostumbrado a pegarme de ostias con ambos géneros (sirenas, súcubos, valquirias, furias, arpías, Kaila… atrévete a subestimarlas y te habrán castrado antes de que te des cuenta). Y eso me llevaba a preguntarme por qué Lena, alguien que parecía ansiar tanto formar parte de aquel mundillo y desesperada por encajar, luchaba. Entre aquellos armarios empotrados desencajaba demasiado con su metro sesenta y escasos cincuenta kilos… Ahora era una desconocida para mí, no sabía cómo era su manera de pensar ni qué cosas la habían llegado hasta aquí; tenía que aceptar de una vez que aquella no era mi Lena; lo sabía.
-¡Colyn, A-alec! –vino Lena corriendo por el pasillo. Hablando de la reina de Roma… Su cara tenía una cierta alegría inusual que desapareció nada más verme. Frenó, su sonrisa se convirtió en una mueca cuando nuestras miradas se cruzaron y en el acto apartó el ojo a cualquier otro sitio-. Nos tenemos… que ir a una misión, a reponer el suministro de armas… -la voz le salió trémula. Tragó saliva-. Los tres juntos.

viernes, 21 de octubre de 2011

Encantamiento 47, 1ª parte: Que no todo son golpes y escenas de acción.


-¡Colyn, maldito desagradecido, ven aquí! –Susurré mientras trotaba detrás del Guardián por el pasillo- Esto es importante, tenemos que hablar de una vez sobre eso -¡te vas a convertir en un hombre-lobo posiblemente loco esta misma semana, joder! ¿Es que soy el único que ve lo mal que pinta eso? ¡Sin ti el Análisis de la Jodida Situación no tiene mucho sentido!
-Luego.
-Luego no. No me des más largas. Mira, a mí me da igual lo que te pase -estoy casi seguro de que podré salvar el pescuezo si me ataca al transformarse (la mala suerte es un aspecto a tener en cuenta; sobretodo mirando mi vida más reciente)-, pero dije que iba a ayudarte –que era parte del trato para que tú me ayudaras a sobrevivir a los otros Guardianes violentos y la condición de que, si no lo hacía, me mataría.
Hacía tiempo que no nos cruzábamos a solas (con tanto Guardián siempre mirándome eso parece imposible por estos lares, en serio, agobian) y las oportunidades como esta, igual que la vez que hablé con Lena, se podían contar con los dedos de una mano (una; me sobran los otros cuatro dedos). En el último mes, poco a poco, había logrado ir sustrayendo los suficientes materiales (los cuales mantenía escondidos para que no me los requisaran) para poder fabricar calmantes de hombre lobo y un círculo en el que retenerlo; tenía hasta plata por si las cosas se complicaban. Podíamos hacerlo en las montañas que rodeaban el lago de la casa (nos pilla cerca, pero suficientemente lejos).
Pudo parecer que con el trabajo lo había olvidado por completo y lo cierto es que apenas tenía tiempo de pensar un par de veces sobre ello al día, pero había sabido prepararme sin que los demás se dieran cuenta (¡já! ¿Qué os pensabais?). Lo que pasa es que como siempre había otra cosa más urgente que contar… ¡pues os pensáis que soy un vago despistado, mis queridos lectores!
-Colyn, por ignóralo no va a desaparecer –le regañé como una madre (a lo que tengo que llegar…).
Resopló.
-Si lo sé, ya lo sé. Pero… ¡no es buen momento!
-Ijejigh –hice un sonido de “estoy hasta las narices de intentar ayudarte, así que pensándolo mejor, te estamparé la cabeza contra un bordillo hasta que quedes inconsciente y dejaré que las ratas te devoren por la noche”. El problema de aquel tío es que estaba demasiado acojonado para hacer cualquier cosa, incluso si era para mejorar el panorama. Malditos Guardianes, eran tan arrogantes y orgullosos que no se dignaban a reconocer las grandes verdades por muy contra la pared que los dejaran (yo sí las reconozco, otra cosa es que las diga en voz alta).
Entramos en el salón. En la habitación estaba Gigi, alias el Canijo Llorón, frente al televisor cargando a una bola de pelo gris con patas y hocico que todos me aseguraban que era un gato.
-Hola, chico. –Colyn echó un vistazo a la pantalla y frunció el entrecejo- No creo que a tu madre le haga mucha gracia que veas ese tipo de programas… –se refería al reportaje tan dramatista que estaban retransmitiendo en ese momento sobre el elevado aumento de suicidios del último mes. A más de uno (aquellos capaces de percibir el panorama) le había entrado miedo de tener que sufrir lo que se avecinaba y, digamos, que decidió “cortar por lo sano”; en muchos casos literalmente. Ya sabía que habría suicidios en masa, lo que me extrañaba es que en los programas de investigación no lo asociaran de una vez con el fin del mundo (bah, estoy bromeando… Creo).
Fruncí el ceño rascándome bajo las esposas que me habían vuelto a poner la noche anterior, nada más volver. Gin ya me había curado las heridas y había redactado mi informe sobre todo lo que (he mentido y/o ocultado sobre lo que) ha ocurrido en la fallida misión de reconocimiento de la que acababa de regresar. Entre el estilo de conducción kamikaze de Nicole (a la que Gin está curando mientras hablo), los vampiros y zombis asesinos y los puñetazos del-que-se-hace-el-héroe llevaba tantas gasas y vendas en el cuerpo que me parecí a una momia. Joder, recientemente parece que en la vida solo existen las escenas de acción y los golpes; al menos en la mía.
El gato maulló en nuestra dirección a lo que respondí automáticamente enseñándole los colmillos. Odiaba tener cerca a ese bicho gris, pues hacía que tuviera los nervios sensitivos desquiciados. Los estúpidos Guardianes se empeñaban en asegurar que el animal era el espíritu protector de la casa, algo bueno. En parte tenían razón (lo siento, toca explicación/rollaco) pues era producto de la concentración de energía que despedía la esencia de los Guardianes muertos que vivieron en aquella casa hace la tira de años (el típico cementerio indio de las casa embrujadas, pero en versión Guardian de la Luz). Se trataba de energía de esta dimensión, la Tierra, en estado puro que había crecido y mutado hasta transformarse en un ente independiente con voluntad propia (casi lo mismo que Flor. Exacto, Flor es un espiritú terrestre, no un demonio; aunque la combinación con Nicole las esté convirtiendo en esto último).
Lo miré con ojos asesinos, mientras los otros dos seguían hablando. Quería que se fuera. Aquel bicho hacía que mi estómago se revolviese de una manera extraña; no era capaz de determinar si era peligroso o no.
-Últimamente Salmón está muy raro, cada dos por tres se pone a maullar –el Canijo Llorón arrulló a la Pelusa Con Patas (yo llamo al “minino” así, ¿algún problema?) presionándolo contra su mejilla-, como cuando fue aquella tormenta eléctrica, como si sintiera que pasaba algo malo –Nicole y la Flor cabreándose con el-que-se-hace-el-héroe… Espíritu de energía listo.
-¿Salmón? Jaja, Gigian, ¿algún día lo llamaras por su nombre? – Colyn le intentó sonreír de manera amistosa.
-A Skrebrest Skeberest –jodido nombre que tiene. Me cuesta aprenderme cosas como “Robert” o “Colyn” como para intentarlo con el de esa pelusa- le gusta más que le diga Salmón, se lo noto.
-¿Y no será que se piensa que le vas a dar más salmón cada vez que le gritas eso?
-Bueno, el caso es que le gusta, ¿no? –Gigi se dio cuenta de que miraba fijamente a aquel gato (en serio, que cosa más fea…). La primera vez que nos lo cruzamos, Campbell había salido corriendo y desde entonces el Renacuajo se pasaba las noches huyendo del supuesto minino rechoncho. Me quedé quieto en el sitio, aunque con los músculos en tensión, sin apartar la mirada. Ese bicho era el que provocaba el aura de mal rollo en la casa (aunque el resto de habitantes tampoco es que me hicieran mucha gracia).
Era completamente inestable. Podía sentirlo en la piel, en el aire; era distinto de Flor, como un torbellino de energía apenas controlada, un vórtice que en cualquier momento te arrastraría dentro o colmataría y lo inundaría todo. Pero, claro, los Guardianes, los dueños de la casa, solo veían un inofensivo gato muy peludo que mantenía a los demonios lejos de la casa; su misión allí era desterrar a los demonios que intentaran atacar la casa. A Campbell y a mí nos estaba haciendo una especie de “favor” permitiéndonos entrar; me daba perfectamente cuenta.
Me percaté de que el Canijo me miraba con sus ojos dorados moteados de plata. -Y-yo creo que a Skeberest sí que le gustas –alzó un poco al gato hacia mí.



lunes, 10 de octubre de 2011

Encantamiento 46: Entretenimientos para sobrevivir al aburrimiento.


Nicole no volvió a hablarme, lo que supuso un alivio aunque cualquier otro lo hubiera considerado incómodo. Estaba bastante satisfecho para qué mentir. Aunque lo que hizo Nicole al enfrentarse a Robert fue alucinante no llegué a decírselo. Tal vez debiera, pero no quería que dejara de ignorarme (tanta paz y tranquilidad… ah, es maravilloso, pero ¡sin duda me ha costado lo mío!).
Llegamos antes que “el héroe”; seguramente éste se habría puesto a dar vueltas en busca de riña hasta que lograra calmarse/desahogarse (si es que puedo imaginármelo como si lo viera).
El espíritu que habitaba la casa nos abrió la puerta sin necesidad de tener que avisar ni nada (tiene su practicidad la cosa)


-¿Alec? –preguntó alguien acercándose a la entrada- ¡Nii-chan! –Campbell llegó corriendo a nuestra altura, feliz como ella sola. Fruncí el ceño al ver cómo una permanente votaba sobre su cabecita verdosa. El estilismo de hoy no era el habitual. Demasiado sencillo para ser ella, se limitaba a una camisa blanca de hombre a modo de vestido anudado con una cuerda alrededor de su cinturilla, unos taconazos de unos siete centímetros y un montón de maquillaje supuestamente sofisticado en la cara. Ni minifaldas, ni ligas, ni accesorios…
La fulminé con la mirada. La atmosfera bajó un par de grados dentro de la casa a pesar de la calefacción. -Llevas. Mi. Camisa.
Campbell paró en seco a poco más de un metro al darse cuenta del repentino peligro.
-Ah, yo… -dio un paso hacia atrás. Nicole nos miró sin entender. Entonces, sin previo aviso, me abalancé contra el Renacuajo. Ella chilló e intentó escapar, pero yo ya la tenía asida. Quiso retorcerse, pero ni eso le concedí.
-¡¡Lo sientoooo!! –lloriqueó como una cría pequeña.
Le quité la camisa sin demasiado esfuerzo, puesto que era una enclenque.
-¿Qué? ¡Ay, nooo, que vergüenza, no, Alec, devuélvemela! –la piel de la cara y el cuello se le puso azul palo e hizo un vago intento de taparse la ropa interior con los brazos. Sabía perfectamente que, siendo una lencería de seda con encaje tan cara, casi que estaría encantada de poder presumir de ella por mucho bochorno que le diera (es la razón por la que usa faldas-cinturón y escotes hasta el ombligo incluso aunque esté plana…).
Elevé la prenda sobre mi cabeza, completamente fuera de su alcance mientras la tuviera agarrada y alcé una ceja sarcástica provocando que hinchara las mejillas como un pez globo.
-¡Malvado!
-Te advertí que no volvieras a cogerme camisas sin permiso –encima que tengo pocas.
-Iba a pedírtelo… cuando volvieras.
-Pues muy tarde –le mordí el cuello.
Campbell volvió a gritar y encogió sus pequeños hombros. Volví a presionar mis colmillos contra las sus branquias. Campbell se contorsiono y un fuerte ataqué de risa la hizo estallar.
-¡No! ¡¡Cosquillas no, por favor!! JAJAJAJAJAJAJA. ¡Maldito, para, PUAJAJAJA! –seguí mordisqueando sus clavículas y en el estomago y los costados.  Las lágrimas empezaron a saltársele, quiso empujarme pero la risa le robaba sus ya de por si escasas fuerzas. Dio patadas al aire. -¡Ay, ah, no puedo, jaja, respirar…! ¡Te vas a… enterar!
Llevó sus manos a la parte posterior de mi cabeza y con los dedos me rozó la nuca. Un escalofrío me recorrió de pies a cabeza, las manos se me crisparon. Automáticamente me mordí el labio para que ningún sonido se escapara de mi boca. La única parte mi cuerpo que tenía sensible, maldita fuese, ella la conocía.
-Jojojo –disfrutó con mi reacción-, ¡y ahora a morder esas orejitas puntiagudas!
-¡No! –por primera vez consiguió hacerme retroceder al abalanzarse sobre mí. La aparté de mi trayectoria pero me di un espaldazo contra el suelo (ay, mi costilla rota). Campbell intentó echárseme encima de nuevo, pero empezamos a rodar por todo el recibidor.
Campbell se reía a carcajadas y una sonrisa perversa se instaló sola en mi cara. De una forma extraña y bastante egoísta (barra inadecuada) me agradaba tener a la Renacuajo cerca (de vez en cuando, otras quiero mandarla bien lejos, a la mierda por ejemplo). Era la única con la que podía tener una conversación decente que no tuviera que ver con lo mierdero e impuro que yo era o de que tendría que irme de aquella casa, etc., etc. cuando el aburrimiento me superaba y nos habíamos inventado un montón de juegos con los que reírnos de los Guardianes; como plantarnos delante de uno y empezar a hablarnos en demoniaco (no lo soportan, una vez el-que-se-hace-el-héroe casi me amputa la mano de un mandoble de espada porque detesta el acento que se nos pone) para reírnos de su cara al no entendernos. Y mil y una estupideces similares; por aquí ella ha resultado ser la única medicina contra el aburrimiento extremo.
Alguien carraspeó. Dejamos de rodar y alzamos la vista como si volviéramos de golpe a la realidad. C.Lence nos miraba desde la escalera con Albert a su lado.
-Oímos gritos histéricos –Albert alzó las cejas y nos miró de arriba a bajo con aire despectivo (creo que era despectivo, era difícil interpretar sus facciones). Campbell había quedado debajo de mí, con una pierna sobre mi hombro y la otra más o menos a la altura de mi cintura. Yo le sujetaba las muñecas sobre la cabeza y la ropa se me había revuelto y ahora llevaba el jersey subido hasta las axilas (presumiendo de abdominales y moratonesCampbell le faltaba el aire, jadeaba e iba en ropa interior, esto parecía otra cosa y en mitad del recibidor nada menos...
El azul le subió aún más, lo que en su caso sería estar roja como un tomate. Me empujó y esta vez sí que me aparté. Se puso a gran velocidad en pie, tambaleándose al marearse.
-¡¡No-no hacemos nada!! ¡Yo, ayyyyyyyyyyyyy, no es eso!
C.Lence sonrió con esos labios apretados que expresaban de todo menos simpatía-:
-Jaja –intentó hacer como que reía, un sonido sin gracia. Ignoró lo que el Renacuajo le había dicho-, vaya, vaya, creo que es la primera vez que oigo reír a alguien en esta casa.
-Eso quiere decir que la señora Kensington no está en ella –apostilló Nicole cruzándose de brazos. Nuestro arranque de mordiscos había pillado de improvisto a todos y Nicole solo había sabido quedarse de piedra parpadeando en la entrada hasta ese momento. La miré de soslayo; no parecía enfadada, aunque era imposible que ya se le hubiera pasado el rencor; solo estaba poniendo cara de telediario.
-El amor de las parejas jóvenes es muy bonito, ¿no cree, señorita Golds? –preguntó C.Lence a Nicole. La pregunta se sintió como un latigazo en el aire. Nicole se giró con los ojos desorbitados. Yo mejor que nadie me di cuenta de que esa pregunta había ido a hacer daño, pero el porqué y con qué fines no los entendía. Las miré, eso había sido demasiado raro, ¿por qué iba la adivina a hacer algo semejante? Ella siempre iba a su bola, en su profesión no le interesaba enredarse con otros y lo llevaba a raja tabla (debe favorecer a lo que por así decirlo el Destino quiere que suceda, no a las amistades).
Albert se me había quedado mirando fijamente; la primera vez que hablamos a solas, después de nuestro reencuentro, me había preguntado si salía con alguien y yo le había dado una negativa. Puf, ya ves tú lo que me importaba a mí que pensaran a ese respecto. Ese tipo de cosas como quién sale con quién o si le intereso a alguien no me interesaban, acostumbraba a dejarme arrastrar mientras no fuera un latazo estar con la otra persona.
-¿¿QUÉ?? ¡Te equivocas! –Campbell reaccionó y movió los brazos como si aleteara (¿veis? Ya se le ha olvidado que le da vergüenza ir en paños menores)-. ¡Alec y yo NOOOO SOMOS NOVIOOS! ¡No, no, no, no, no, no, no, no, no, no, no, no, no, no, no, no! ¡No! No… Ni jamás de los jamases. Por el rey Belcebú, no es cierto. NO. Puede que cuando nos conocimos tuviera un poco de interés por él en esas cosas, pero en aquella época Alec no tenía encanto físico y, la verdad, eso de ser amable nunca ha ido con él… ¡y, bueno, que para cuando era guapo yo ya no podía verlo así, ¿sabéis?! Y eso que nos hemos bañado juntos alguna vez y lo he visto desnudo… ¡pues nada! Ahora es más tipo… hermano mayor cabrón, jajaja, ¡mi BFF! ¿Sí? –jadeó para tomar aire, ya no podía ponerse más azul de lo que estaba. Apenas se la entendía cuando intentaba hablar en un idioma que no dominaba del todo y a tal velocidad, pero se había podido distinguir ciertas confesiones finales que seguramente la avergonzarían (pienso torturarla recordándole que las ha dicho todo lo posible).
Miré a los espectadores. Gin, el médico, y Lena, cargada con su arco, debían haber venido al escuchar los gritos. Entonces entendí la tonta y exagerada reacción de Campbell: empezaba a gustarle el médico… Respiré con fuerza. MIERDA. Me había dado cuenta de que, desde que la “medio rescató” cuando ocurrió el ataqué del dragón, ella sonreía aun más idiota cada vez que este le hablaba y se ponía azulada (“Fue una suerte que ese médico viniera a ayudarnos cuando lo del dragón; me asusté bastante. Pero Él resultó muy amable. Y si te fijas, es bastante fuerte… y listo…”; me había repetido de tanto en cuanto mientras yo la ignoraba). En los últimos días incluso la había observado seguirle con los ojos, pero no le había dado mucha más importancia.
Por el rey Satanás… Esto era malo por mucho que ella pareciera feliz. Estuve tentado de ponerme a gritarle y estamparle la cabeza contra el pasamanos al tiempo. Sabía que aquello no acabaría bien, ¡si es que se veía de lejos! Gin era un Guardián y odiaba las especies mágicas como ella; lo habían educado desde el principio con ese fin. Pero que muy mal… Reprimí un resoplido. Encima se llevaban la tira de años (Gin tendría por los treinta y pico y Campbell solo dieciséis y parece mucho menor) y, aunque conforme se crece la diferencia de edad deja de tener tanta importancia (sobre todo en mi mundo, donde no es raro cumplir más de un siglo), estaba a años luz de su alcance. Campbell acabaría destrozada y berreando por las esquinas como un alma en pena, como siempre que se enamoraba de imposible; como todas las veces anteriores. Y me tocaría aguantar a mí a la Campbell llorica-histérica… eso también es que se ve venir. Aunque por el momento parecía que ni siquiera el Renacuajo se había percatado de lo que significaban sus sentimientos (por desgracia, en estas cosas no es raro que uno sea el último en enterarse).
Mejor no dar pie a que otros se dieran cuenta o se pondría incluso peor. Puede que aun estuviera a tiempo de manipularla para que no llegara a más.
La miré con los parpados caídos. -Ya sé que no lo somos, Renacuajo, pero no hace falta que enfatices tanto; con los cinco primeros “no” quedaba bastante claro –me puse en pie, aunque con el cansancio que llevaba encima hasta el parquet me parecía confortable.
-Oh –fue toda la contestación de la adivina-. Es una suerte para estas féminas, ¿no? –otra frase que no sé por qué suelta.
Nicole se escabulló de la habitación con aire malhumorado. En serio, ¿qué busca la desteñida con unos comentarios tan a mala leche?
Lena me estaba mirando fijamente. Al contrario que con Gin, que solía pasarse por aquí para hablar con Albert, no la había visto desde el día en que Nicole me beso, así que me sorprendió un poco que volviera a estar en la casa. Seguramente, hasta esta gran negación del Renacuajo, debíamos de haber estado dando la impresión de pareja (la verdad es que me había importado tan poco lo que pensaran sobre eso que ni me planteé lo que debíamos parecer). ¿Cómo si no explicar que ella se hubiera arriesgado de esa manera a venir tras de mí hasta la guarida de los Guardianes traicionando a su vez y voluntariamente a los demonios (en realidad está aquí con el consentimiento de Cristofino, pero nadie más lo sabe)? También era cierto que solo a Campbell permitía muestras de cariño como abrazos o que jugara con mi pelo y se sentara en mi regazo o se echara sobre mi espalda y yo no le respondiera con patadas (no todas las veces).
¿La arquera estaría aliviada al escuchar semejante negación? A lo mejor le daba igual. Después de cómo me comporté la última vez que la vi, no debía de haberle dado muchos motivos para querer estar conmigo (que ella tampoco me los dio a mí, joder, tanto bufarme, esquivarme y llamarme “esto”). Bueno, sabía que las cosas no iban a mejorar mucho, así que no me molestaba en crearme esperanzas de ningún tipo.
Levantó la mirada y se cruzó con la mía. Antes de apartarla rápidamente, como siempre hacía, se le sonrojaron las mejillas. Se sonrojo… (¡Éso después de cruzar una mirada en los libros solo puede significar una cosa! Estúpida vida real, por una vez…). El pecho se me llenó de aire y casi me pongo a dar brincos como bien hubiera hecho el Renacuajo en mi lugar. Tal vez las esperanzas no fueran tan infundadas.
-Alexander, ve con Gin para curarte –Albert descendió los últimos peldaños-. Ya sabemos que los compañeros con los que saliste están muertos debido a unos vampiros, C.Lence nos lo contó. Tienes que contar todo lo que pasó en la misión –me exigió Albert y la adivina volvió a reír con ese amago de risa que daba grima.
Obviamente, iba a omitir muchísimos datos. Todo lo que estuviera relacionado con la prueba a la que me sometía Cristofino, por ejemplo. O que estaban usando a los vampiros para recolectar almas, produciendo una ingente e ilegal cantidad de zombis devoradores de carne en consecuencia.