martes, 23 de julio de 2013

ESPECIAL: Just dance

//Hola a todos, soy la Supervisora. He de informaros que, lamentablemente, el tuenti de lec ha sido denunciado. Lo reabriré, pero no sé cuando. Disculpad las molestias y disfrrutad del capítulo//


El baile se celebraba en el palacio de Saint Bleck, como desde hacía 300 años. Los pasillos eran largos y altos, repletos de lámparas de cristal y estatuas. Los salones, inmensos y con las paredes forradas de espejos ligeramente dorados. Todo un ejemplo de un castillo francés como el del Rey Sol, sin duda, pero más pequeño y más modesto.
Robert salió huyendo de la música de vals con la excusa de engominarse el pelo para que quedara perfectamente hacia atrás. Como era propio en él, había desechado la corbata para poder llevar abiertos los primeros botones de la camisa. Sabía lo atractivo y elegante que se veía aunque aborrecía preocuparse por su cuidado. Él siempre exudaba hombría sin proponérselo, era parte de su naturaleza. Pero aquella noche no se sentía demasiado fuera de sí como otros años. En su cabeza no había expectativas de pasarlo bien; todo lo contrario: rezaba porque aquella reunión transcurriese rápido. Lo más veloz posible, por favor.
-¿Robert? –escuchó la suave voz de Lena-. Hola, al fin te encuentro… Llevo la noche buscándote a ti… y Colyn…
-¿Y eso? –La noche no le iba bien y no pudo ocultarlo en su tono, demasiado brusco. Pero no quería pagarlo con su amiga. Se apartó del espejo para verla acercarse.
-Ah, no, no… Sólo para veros, nada más… Saber si estabais…–le sonrió la arquera.
-¿Te has cortado el pelo?
-S-sí –se apartó un mechón de la cara mostrando el nuevo parche de cuero. Las puntas quemadas con un lado más largo que otro habían dado paso a una forma simétrica, ovalada y muy redondeada en las puntas. Se veía reluciente y suave como el satén, aunque un tanto apelmazado, debido a la cantidad productos de peluquería que llevaba encima, nada que ver con lo quebradizo que estaba y las puntas abiertas de antes-. Estaba muy mal… me pareció una buena excusa para hacerlo… ¿Qué tal? Nunca lo había llevado así, ¿muy corto?
-Te queda bien. Pareces más femenina.
Aunque no era solo el pelo lo que daba esa impresión. Llevaba rímel en las pestañas, brillo de labios y el colorete sobresalía sobre el rojo de sus mejillas. Llevaba un vestido azul pastel con estampado de tulipanes recto y ceñido hasta la cintura, desde donde caía con un abundante vuelo ocultando su fala de caderas o que su cintura era más bien ancha. Y aunque los finos tirantes no hacían mucho bien con unos hombros tan musculados como los que tenía la arquera, se le veía un buen escote al juntarle y apretarle los pechos como un corsé. Nunca la había visto tan arreglada, tan vistosa.
Por un lado no pudo evitar comérsela con los ojos. Pero por otro sintió algo oscuro y amargo retorciéndose en la boca de su estómago. Al no saber ni por dónde analizar esos retortijones, apartó la mirada y se centró en cualquier otra cosa, como ponerse la americana.
Habían quedado como amigos, otra vez. Como si aquel intento de beso no hubiese pasado nunca. Otra vez. Pero a Rob había algo en aquello que no le gustaba nada. Algo, no sabía el qué, estaba equivocado. ¿Era él quién había errado al no insistir más? ¿Insistió antes de tiempo? ¿La equivocada era ella?
No quería darle más vueltas; lo suyo era actuar, no pensar. Y puesto que con Lena no iba a hacer nada… -¿Cómo estás?
-¿Eh? –Lena siempre se distraía con facilidad.
-Pregunto si ya estás mejor… con lo de tu padre, los recuerdos y tal –fue un pelín rudo sin proponérselo. Él sí que estaba convencido de que Lena tardaría mucho en pisar una fiesta; si antes no le gustaban…
-Ah, bueno. Sí –Lena agachó la mirada-. Bastante mejor… Estoy bien, no te preocupes –su voz era alegre, algo muy raro. El tema solía ponerla mal, pero en aquella ocasión apenas sucedió-. La verdad es que soy feliz –se le escapó una risilla tonta y muy sincera-. Muy feliz…
-¿Ha sucedido algo? –el mundo de Rob se iba al Infierno y Lena parecía rebosante de seguridad y entusiasmo, ¿qué es lo que estaba pasando aquí?
-Pues…
No pudieron terminar la conversación. La misma puerta por dónde había salido Lena se volvió a abrir.
-¿Lena?
-¡Ah, hola, ya voy! –se le escapó un pequeño gallo de pura emoción. El color le subió por toda la cara al mismo tiempo que daba un respingo.
Robert se sintió impactado por su reacción y no se fijó en quién la provocaba hasta que estuvo casi a su lado.
Al principio no pudo reconocerlo.
 Alec, ignorando a Robert de pleno, se giró en redondo y sonrió de esa manera espléndida y perfecta que dejaba sin aliento al tiempo que le tomaba la mano a Lena.
Ese pequeño gesto para Rob fue como si el híbrido le propinase una patada en el estómago. Pero lo que más dolió fue la mirada cohibida de la arquera. Alec se dio cuenta y sin duda se regocijó en su malestar.
-¿Esta era la sorpresa? –Alec la miró de arriba abajo, pero, al contrario que Robert, fue una mirada tan analítica y fría que parecía estar ojeando un periódico. Aquello repateó a Robert aún más, pero se contuvo de golpearle.
Ella estaba cabizbaja, temblando de nervios y con una mirada aterrada en el rostro. Sería hasta ridícula de no ser porque era sincera.
¿Qué puñetas estaba pasando? ¿Por qué aquella maldita escoria rondaba a Lena? ¿Para torturarla, para recordarle más su dolor? Era peor de lo que pensaba. En el acto, como experto guerrero, salió del trance, preparado para rescatar a Lena de aquel apuro puesto que ella estaba demasiado herida y era demasiado tímida para enfrentarle por sí sola.
Rob ya no pudo aguantarse más e hizo lo que ella no se atrevía: explotó. -Largo de aquí –espetó como única advertencia. La única oportunidad que le daría antes de acabar con él a golpes y sólo se la daba por respeto a los dueños de la casa. -¿Desde cuándo mierda estás ahí? Mejor dicho, ¿qué mierda haces aquí?
Alec se encogió de hombros sin mostrar la más mínima emoción. –Vengo de acompañante.
-¿Acompañante de quién?
Lena alzó tímidamente una mano enguantada, como si pidiese permiso para hablar. Que las miradas se dirigieran hacia ella sólo logró dejarla muda unos segundo más. –Erhmm… esto... -Lena balbuceó sin llegar a formular ninguna respuesta-. ¿Lo siento?
-¿Qué quiere decir eso?
Alec lo miró fija y seriamente con sus ojos casi negros. –Tiene razón, vayamos dentro –le pasó un brazo alrededor de los hombros a Lena y dio media vuelta.
Robert los vio marchar juntos con la impresión de no saber quién ni dónde le había puesto drogas en la bebida.
Entonces entendió el sentimiento amargo de antes, y ante todo, el culpable. Había sabido que Lena no estaba así para él, sino por la maldita escoria. Era el mismo que estaba arruinando su vida, aquel híbrido impertinente que había entrado en su vida de éxito y ahora arrasaba con todo.
Todos estaban muy pendientes del híbrido; es normal, nunca habían convivido tan cerca de un demonio como hasta entonces. Y ahora Rob entendía el porqué no debía hacerse. A pesar de ser una aberración contra Dios, una criatura mitad demoniaca que disfrutaba con el Mal que llevaba consigo… por alguna razón, algún tipo de encantamiento o de persuasión maligna, todos pasaban por alto ese detalle y los había puesto de su parte. O hablaban de lo buen guerrero que había sido, sin importar sus malas artes, o lo útil que era su magia. ¿Cómo podían apreciar de él precisamente aquello contra lo que luchaba la Orden? Sin ir más lejos de repente su padre prefería hacer oídos sordos a todas las advertencias y renunciar a las reglas que había jurado seguir para salvar el miserable pellejo de Alec. Colyn también se estaba corrompiendo, lo veía, desde que empezó a escuchar a esa serpiente, su amigo se había vuelto distante, irascible, le huía y contradecía cada vez más.
Y ahora Lena.
Había sabido que ella no se arreglaba para él en cuanto la vio aparecer, que no era Rob quién la hacía sonreír y acudir a fiestas.
Pero lo peor es… que lo estaba sustituyendo.
Como hijo, amigo, novio o soldado. Era como si todos prefirieran a Alexander antes que a él.
Todo su ámbito personal se había trastornado a partir de su llegada. Y eso se estaba traduciendo en un declive profesional, era como si sus compañeros ya no confiaran en Rob. Nunca había fallado antes, nunca, pero ahora un par de fallos y ya dudaban de sus habilidades. ¿O tal vez las inseguridades que creía ver en sus compañeros provenían en realidad del propio Robert? No sabía, lo único que tenía claro es que empezaba a cuestionarse muchas cosas, muchos porqués que antes ni se le hubieran pasado por la cabeza.
Todo estaba cambiando y era culpa de Alexander.

***

Lena se sentía una nube con mariposas en el estómago y el calor en las mejillas, así como el pulso acelerado y la piel de gallina. Pero ante todo sentía la más maravillosa de las felicidades que podía recordar: ser amada.
Ya había desistido, pensando que el amor no era para ella, hasta aquel momento. De modo que le pilló de sorpresa darse cuenta de que lo había ansiado tanto. Que sólo ahora, completamente convertida en la encarnación de todos los tópicos del amor, se sentía viva. Una razón por la que vivir aparte de vengar la muerte de su madre y hermanos, para arreglarse, para ser femenina, para dejarse ver. Siempre había tenido un miedo irracional al rechazado sin darse cuenta de que ese comportamiento era precisamente lo que hacía que huyera de los demás.
Aunque en el fondo… bajo esa felicidad aun escuchaba un sentimiento de conciencia que seguía recordándole que tal vez fuese mejor no estar con él. O que los demás no supiesen sobre ello. Alec… estaba prohibido, lo estaba mientras quisiera ser fiel a su Orden, pero…
…pero ya se había dejado enredar en los brazos del híbrido demasiado como para soltarse; literalmente. Lena sentía que la temperatura de la habitación estaba demasiado alta cada vez que él también estaba presente. La vergüenza que sentía era horrible pero aun así valía la pena, le costaba resistirse a él: cada vez que lo veía le asaltaba la necesidad de estar con el niño de su interior, amor puro y duro que revivían sus recuerdos. Y era tan guapo…. Muchos demonios eran atractivos para que cayeras en el pecado del deseo; hasta ahora había intentado mantenerse lejos de ese influjo, pero, dios, cómo resistirse a sus besos. Eran perversos, disfrutaba dejándola con ganas de más. Besaba muy bien, lo cual le hacía preguntarse la práctica que ya tendría. Pero eran pensamientos que se aturullaban en su mente, aun no había tenido tiempo de ver qué había tras ellos. Lo único que tenía claro es que Alec estaba tan fuera de sus posibilidades que casi se sentía culpable.
Ella quería mantener la fe. Y aunque azorada, se aferraba a su brazo como un salvavidas en mitad de un naufragio, porque en momentos como aquel… con Alec a su lado, sólido y palpable, se sentía completa al fin. El ahora era lo mejor que nunca tendría, y por primera vez, estaba ansiosa por vivirlo.
Tendría fe en el futuro y en ellos dos, sólo hacía falta verla a ella ahora para saber que era posible. Al principio no podía con la timidez, se sentía demasiado poca cosa, insegura… pero los sentimientos habían sido tan fuertes al final... La habían estremecido por entero y la habían llenado de una fuerza apabullante que le dio valor suficiente para cumplir sus sueños. Aún le costaba, por supuesto que sí, pero la euforia lograba que se borraran esos remordimientos, al menos mientras lo sentía cerca. Había descubierto, aunque no muy conscientemente, que estar pegada a él era el mejor bálsamo para sus inseguridades, se le hacía imposible pensar en ellas con semejante vértigo en el estómago.
Y aún así aquello era real.
Bueno, no es que Alec fuera muy tierno o romántico. Siempre la miraba de esa forma como aburrida y cuando la tocaba, que de vez en cuando lo hacía, eran gesto pasionales para el que miraba de lejos pero que él no parecía sentir de verdad. Sin embargo ella estaba ciega a esos matices y si los veía se decía que era por la personalidad de Alec; siempre había tenido problemas para expresarse. Así había sido siempre su Alec, con la cabeza en alguna otra parte, preocupado en cómo resolver problemas que aún no habían llegado.
Alec acabaría cambiando, igual que había pasado con ella.
Lena se sentía nueva. Mejor. Y todos notaban el cambio, sus conocidos se mostraban incrédulos ante su buen aspecto y la llenaban de piropos. Quería que todo el mundo viera su felicidad y también que la reconocieran, quería ser egocéntrica y que el mundo girara alrededor de su felicidad por una vez en la vida y no tener que sentirse culpable. Aunque seguía siendo una situación estresante, pues por un lado estaba recibiendo todos los halagos y muestras de admiración que siempre ansió, pero por otro no sabía muy bien cómo reaccionar ante ellos, cómo aceptarlos o si devolverlos.
Aquella noche Alec se mostró benevolente ante su torpeza y la rescató cada vez que caía en un tartamudeo demasiado largo. Pero más que todo agradeció sus esfuerzos por ser encantador con todos. Se empeñó en conocer a los amigos y conocidos de Lena, presentándose ante ellos como su novio sin ningún reparo y los encandilaba con su alegría y cortesía, siguiéndoles la corriente en temas que Lena nunca hubiera pensado que podrían haberle interesado lo más mínimo. Estaba muy raro, demasiado abierto y colaborativo a la hora de socializar; ¿lo hacía por ella? He aquí la prueba: sabía que el amor también podría cambiarlo a él, hacerlo mejor.
Pero poco a poco, conforme pasaba la noche, Lena perdió fuego y se quedó en un segundo plano, cada vez más excluida hasta que finalmente parecía que se escondiera tras la espalda del híbrido. Claro que tenía ganas de presumir y estar con él, pero nunca le había gustado hablar con mucha gente y cuando se sintió demasiado atosigada y cansada pensó que con haber estado presente bastaría; Alec estaba allí para arreglarlo por ella.
Había cambiado a mejor, pero era un camino arduo y resultaba difícil no caer en los viejos hábitos… Aún así estaban progresando; primero es querer y luego hacer y estaba segura de que ellos querían.

***

Los Guardianes se sorprendieron de ver que Lena trajera un acompañante. Y menudo acompañante.
La sorpresa de los que no conocían a Alec fue ver que fuera tan apuesto, aun con una pierna de menos. Y como actuaba de forma tan amigable, concluyeron que sería un muy buen partido. No era su culpa, no sabían que Alec era el protagonista de la más truculenta y desgarradora historia que la Guardiana podría vivir en toda su vida.
Un mentiroso, eso es lo que era. Alec no se percibía como un demonio ni como un Guardián, de modo que muchos habían llegado a la conclusión de que era un humano; lo parecía, ya se había procurado él de alimentar esa impresión.
Para los que sí sabían aquello fue un shock aun mayor. Cuando se presentó ante la esposa de Anthony (el padre de Colyn) y tía por parte de madre de Lena, una mujer regordeta y jovial con el pelo rubio muy claro y fino, el aire podía cortarse. Intentaban reír pero solo lo ponía más tirante. El único que simulaba con éxito no verlo era el demonio implicado. Por supuesto, todos habían asumido que sería forzado tener tan cerca a Alec y Lena con lo que había pasado y no supieron actuar cuando se encontraron con que eran novios.
Rob los miró desde lejos. Realmente sí se veía bien, tuvo que asumir. Alec siempre parecía anodino y sin importancia hasta que te fijabas verdaderamente en él. Puede que fuera incluso más atractivo que el propio Rob, pues a diferencia suya sabía jugar muy bien sus cartas. Incluso aunque no las tuviera: convertía sus defectos en virtudes. Alec era como un pincel, largo y estrecho de caderas pero de musculatura definida y proporcionada. Nada despampanante, pero agradable a la vista. El pantalón le quedaba paticorto, pero el chaleco y la americana le remarcaban el cuerpo de atleta. Había logrado suplir su amputación con una ortopédica provisional debajo del pantalón y un elegante bastón.
La pérdida de peso que le acarreaba su enfermedad le había cuadrado la mandíbula y los pómulos. Pero tenía buen color de piel, demasiado bueno. Seguro que había usado magia o maquillaje, era imposible que su mortecina piel hubiera cambiado tanto de la noche a la mañana. Su labio superior, perpetuamente pálido, era ahora ligeramente rosado y no había sombras alrededor de sus ojos aunque seguían intuyéndose las depresiones de sus ojeras. Ni siquiera se percibía la cicatriz que le surcaba la mejilla. Se había peinado el pelo con una raya al lado de modo que no se le vieran las puntas de sus orejas, pero había permitido que unos pocos mechones le cayeran sobre la frente dándole un toque desenfadado. Y muy calculado. Todo en él era estrictamente cuidado, incluso aquello que estaba preparado para aparentar descuido. A Rob se le antojaba rastrero y falso, pero no entendía que aquello formaba parte de la naturaleza de Alec tanto como respirar.
De nuevo sintió la rabia contenida, ésa que no le dejaban expresar. ¿Pero por qué? Era completamente injusto. ¿Cómo se atrevía ese asqueroso demonio a presentarse vestido de esmoquin? Era un maldito prisionero, no un invitado. No podía pulular dónde y cómo quisiese así como así. Sobre todo con lo que le podía provocar a la pobre Lena.
Lena…
No llegaba a comprender cómo Lena había aceptado voluntariamente a aquel ser. Y cómo había podido rechazarle a él.
Lena se giró y sus miradas se cruzaron. Ella se había dado cuenta de que los observaba, ¿por qué se preocupaba por una chica torpe y con tan pocos encantos que encima lo toreaba? En ese instante, producto del despecho, Robert llegó a odiarla. Si quería restregarse con esa escoria repugnante, que lo disfrutara pues tendría bien merecido si pillaba alguna enfermedad por relacionarse con esa basura.

***

Alec se despidió de la esposa de un coronel y fijó su atención en Lena. Frunció el ceño. -¿Por qué estás tan apagada? –le espetó con brusquedad.
Lena dio un respingo. Esas palabras la devolvieron a la realidad súbitamente, habían sonado rencorosas y ofendidas hacia ella. Tanto que la asustó. Como si le recriminara que él estaba haciendo todo el trabajo sucio mientras ella era egoísta y un simple estorbo. Con Alec a veces no hacía falta palabras, una mirada suya despedía más veneno que cualquier improperio.
Pero en cuanto lo miró, esa expresión volvió a ser sustituida por una larga y simple sonrisa y una mirada amiga. –Pensabas en lo sucedido con Rob y el resto –adivinó con exasperante facilidad. Era algo obvio. A Lena le importaba demasiado lo que pensasen de ella. -¿Estás cansada de hablar con esta gente? –preguntó ya que no recibiría respuesta a lo anterior. En verdad el único que había estado hablando había sido él, demasiado siendo quién era; Alec era incluso más antisocial que la Guardiana y le enervaba el trato con las personas, salvo que ella se quedaba paralizada y él se volvía osco. -¿Bailamos? ¿Nos sentamos a descansar? –suspiró- Tomemos una copa –decidió sin más dilación y la arrastró hasta una silla. Al momento estaba allí con champan para los dos.
Lena no se dio cuenta de que Alec acababa con su copa de un solo trago ni con las tres siguientes.
Lo que sí se dio cuenta es que Robert los miraba desde el otro extremo de la sala. Tan preocupado y enfadado…
El alma se le cayó a los pies. Aún no se lo había dicho a Rob. Bueno, había quedado más o menos claro después del numerito del comedor. Pero Rob se merecía que se lo dijeran a la cara.
-Debería… t-tengo que… Ahora vuelvo, ¿sí? –se levantó de la silla antes de que Alec pudiera cerrar la conversación con Daniel e ir tras ella. Necesitaba hablar con su amigo para poder tener la conciencia tranquila.

CONTINUARA...
(muajajajaja)

martes, 7 de mayo de 2013

RESUMEN

Como hace tanto que no subo...



·Las Puertas del Infierno: portal entre este mundo y el Infierno que se abre cada 180años para que los demonios infernales reclamen a los repudiados sacrificios. La próxima apertura será este Halloween.


·Vampiros: Eternos enemigos de los licántropos. Están aliados con los Seamairs, consiguiendoles almas para luchar en la rebelión cuando las puertas se abran.
Nombres importantes: General Muggen, General Amy Kennel (ex de Alec) y su magestad V. Laraiiss

·Seamairs: Aliados de los vampiros. Poderosos traficantes, se alimentan de recuerdos y almas, crean pesadillas. Su jefe, Kristtoffinno Seamair, tuvo que entregar a su hija de 4años como sacrificio. Son los encargados de prepararlo todo para el fin del mundo.
               Miembros:  
                      Yell -> "secretario" de Kristof, pero se fue con Campbell tras traicionar a Kristof para ayudar a Alec. Paradero desconocido.
                             Yelli-> su hermanita, será sacrificada para los infernales.
                            Kaila-> Quiere el puesto de Kristof y considera a Alec su rival. Se enamoró de una chica humana a la que convirtió en vampiro, pero como castigo la mataron.


·La boda: Kristof obligó a Kaila y Alec ha casarse (ESTÁN CASADOS) Pero durante la fiesta Kaila consiguió huir y está en paradero desconocido. Alec fue apresado por los Guardianes.


·Dr. Dande: Ahora todos saben la relación entre él y Alec (toturas). Desde enoncés está en coma y con graves lesiones de columna.

·Nicole y Flor: fueron con Alec tras la boda. No solo han renunciado a Alec sino que dio un empujoncito a Lena.

·Lena: Recueró sus recuerdos. Ha rechazado a Rob en fabor de Alec. Son oficial y públicamente novios.


·Relación Alec-Albert: Siguen igual. Solo conocen la verdad ellos dos, Gin y Nicole.

·Alec: Ha sido gravemente herido con Luz y amputado de la pierna. Pulula por la Academia de los Guardianes y para compensar la ausencia de Camp ha entablado amistad con Daniel. Se le hizo un juicio en el que la Orden de los Guardianes le sentencia a muerte pero que aun no han hecho publico ni conoce nadie más que Albert. Está cansado y raro, apagado. Quiere dejar que lo maten apesar de estar por fin con Lena.




Lo demás sigue sin cambios. Espero os ayude a recordar.

jueves, 2 de mayo de 2013

Encantamiento 68; 3ºparte



//Dedicado a, bueno, él ya lo sabe perfectamente//

 Me dejé caer en el sofá junto a Lena, abriendo un brazo como una invitación para que se apalancara en mí. Lena lo entendió, pero se quedó mirándome pasmada (ni que le acabara de plantear un trío con el sofá). Así que la enganché y me la coloqué yo (en plan tetris para que encaje).

No teníamos tema de conversación. Y no se me ocurría nada, así que, como suele pasar, dije cualquier estupidez: -Detesto los bolígrafos que pueden borrarse con goma (si quieres borrarlo, usa un lápiz, idiota).

-¿Eh?

-Nada… -me hundí en el sofá, frunciendo el ceño y mordisqueándome el labio inferior, como siempre.

Lena se me quedó mirando fijamente. –Es tan guapo… -susurró para sí.

Dirigí la mirada hacia ella como un rallo y alcé las cejas. -¿Quién? -Se le puso la cara roja al darse cuenta de que lo había dicho en voz alta. Sonreí de manera macabra y perversa: -¿Yo?

Su mirada se dirigió automáticamente a mis labios, una respuesta muy clara. Así que me incliné para besarla.

Estaba en plena acción cuando Lena me hizo parar, apartándome con sus temblorosas manos.

-¿Qué? 

-Es demasiado… Yo, n-no puedo soportarlo…

Mal rollo. El pánico explotó de manera peligrosa; llevaba tiempo esperando este momento. –Pensaba que te gustaba, que te gustaba yo –soné completamente acusador y amenazante, algo que ante cualquier juicio me restaría bastante credibilidad, pero sin tiempo de reflexionar funcionaba muy bien.

Jugueteó con el cierre de su chaqueta. -Y… y me gusta. ¡Es por eso! –se llevó las manos a las mejillas ardientes-. Es… es que… me paraliza, es demasiado… intenso. Como si no pudiera respirar. Lo siento.

Solté una carcajada. –Eso es porque aguantas la respiración (no estás haciendo submarinismo, recuérdalo).

-Soy mala, ¿verdad?

-Sí (como una tabla de madera: áspera, plana e inmóvil). Pero eso es algo que se soluciona con la práctica. 1-Respirar –le di un pequeño pico y recorrí el puente de su nariz con la punta de la mía-. 2-La lengua está para algo (no huyas de ella, por favor. No soy un predator) –Tomé su mano-. 3-Lo mismo se aplica a las manos… -iba a intentar subir la edad mínima para ver esta escena a 13 años, pero, viendo la cara de Lena y el sincope que le iba a dar estaba demasiado cerca, decidí desistir y dejarlo como estaba. Me senté normal, paseándome sus dedos entre los míos.

Lena se dio cuenta de mi repentino desinterés. ¿Se sentiría decepcionada o aliviada? No sabía interpretar su cara cuando siempre estaba mareada o petrificada.

-Ha-hay un baile… Es muy bonito… se celebra cada año… Ponen ponche, flores y, bueno, música de baile. Mis padres solían ir antes de que mi madre… ya sabes, “se fuera”. Es cerca de aquí, este año lo organiza un amigo de la familia… ¿Tú qué opinas?

-¿De qué?

-Juntos. O sea…

-¿Me invitas a ir?

-Supongo… si no quieres…

-¿Cuándo es?

-Mañana, ¡siento no habértelo dicho antes…! Es de etiqueta. Si te es una molestia, no…

Sonreí.- Sobre mi condena no hay problema, Albert moverá sus hilos para solucionarlo.

sábado, 22 de diciembre de 2012

Encantamiento 68, 2ª parte



Conseguí convencer a ModositoMan de que me llevara la bandeja de comida con la excusa de las muletas mientras buscábamos un lugar donde sentarnos.
Habían pasado tres días desde que me enrollara con Lena y no nos habíamos vuelto a ver. A mí me parecía genial, odiaba cuando empezaban a perseguirme y atosigarme con planes y arrumacos (la mutación en pegatina de los Osos Amorosos que suele sucederse al día siguiente). Yo no buscaba esas cosas y tampoco Lena lo demostraba, si es que lo hacía. Según pintaba el panorama a mis ojos, aquella iba a ser la relación más relajada y cómoda de las que había tenido.
Hasta que vi a Lena hablando con el-que-se-hace-el-héroe en el comedor, con una sonrisilla tímida en el rostro. Los aguijoneé mentalmente al recordar lo que había escuchado en el balcón sobre su casi-beso-en-la-juventud, pero estaban demasiado lejos para siquiera sentir los escalofríos.
Se me pasó por la cabeza la posibilidad de si éramos pareja. Tal vez no. Después de todo, no hacíamos nada de lo que se suponía que debían hacer las parejas; ni siquiera nos hablábamos.
El amor es una puta mierda.
-Guárdame la comida un momento (y no escupas en ella)
-¿Eh, qué ocurre? –preguntó ModositoMan.
-La sociología dictamina que he de marcar mi territorio. Espérame aquí, Rachel.
-¿Rachel? ¡Yo no me llamo Rachel!
No le hice el menor caso a ModositoMan (para acordarme de su nombre estaba yo) y me dirigí hacia los dos casi-tortolitos-en-la-juventud. Escuché poco de la conversación, pero lo suficiente para percatarme de que Lena estaba feliz y aliviada de que el-que-se-hace-el-héroe aún le hablara. Rob parecía algo apagado, como si algún problema le impidiera ser del todo el gallito prepotente de siempre (lo disimulaba fatal aunque él no lo sabía porque sus compañeros se esforzaban en que pensara que lo conseguía. Pobre e iluso imbécil).
-Bu.
Lena se giró hacia mí. Pegó tal chillido que casi me deja sordo, lanzando su bandeja con pudin de carne contra el-que-se-hace-el-héroe. Si no llego a engancharla del borde de los vaqueros, se mata contra el suelo.
La puse recta y me crucé de brazos.
-Deberías haberte visto la cara, ha sido memorable –confesé negando de incredulidad.
Lena jadeaba medio histérica de vergüenza. -¡¡No hagas eso!! –Miró a nuestro alrededor, nos estaban mirando (¿cómo no hacerlo con semejante reacción?).
-Si sólo te he soplado en la oreja (no sé si quiero ver qué pasa de tocarte el culo; apuesto a que sería graciosísimo, pero lo mismo te da un infarto).
-¿Por qué te vas tomando esas confianzas, escoria? –me gruñó el-que-se-hace-el-héroe quitándose grumos de pastel de carne de la pechera.
-Se supone que mi nueva posición me otorga tales muestras de cercanía pública.
Su cara de imbécil se volvió más estúpida: -¿Qué?
-No sé qué parte de esa frase no has entendido.
-¡Toda…! –se quejó.
Guardé silencio. –En serio, reitero lo dicho.
-¿Quieres que te de un puñetazo?
-Da igual cuantas veces lo preguntes, la respuesta va a seguir siendo NO.
-Que no es una pregunta literaaaaaal… -rechinó los dientes alargando las palabras por la frustración. Tenía terminantemente prohibido mientras siguiera convaleciente y en “tratamiento” psicológico, así que tenía que aguantarse (algo bueno tenía que tener este estado, al menos consigo frustrar al héroe). Aah, los pequeños placeres de la vida.
-¿Qué haces aquí…? –preguntó Lena, evidenciando por su forma de mirar en derredor que lo que de verdad le preocupaba era el público presente. Me molestó que lo hiciera.
Y percatarme de la verdad me puso tan nervioso que seguí enrevesado la contestación con vocabulario técnico: -Reivindicar mis privilegios sobre ti ante potenciales individuos motivo de discordia de acuerdo a lo que las convenciones sociales estipulan en estos casos –ole yo.
Puso una cara de estupidez muy parecida a la del-que-se-hace-el-héroe. -¿Eing?
Apreté las mandíbulas y me incliné hacia ella: -¡Que tengo derecho a ponerme celoso si te veo de risitas con alguien que hasta hace nada te gustaba y que casi te morrea, coño, no es tan difícil! –bueno, a lo mejor un poco-. Para algo soy tu novio  -Me cabreé de lo estúpido que me sentía. Patético, patético, ve a buscar una piedra bajo la que esconderte; canturreaba mi fuero interno.
Lena se ruborizó de la cabeza a los pies. Rob tenía la misma expresión que si alguien le hubiera golpeado con una pala en la cara (pues le sienta bien…).
-¿Novio?
Guardé silencio, analizando la sorpresa que la palabra había provocado en Lena. No era precisamente la que se espera de una chica locamente enamorada. Yo qué sé, no esperaba que se me lanzara a los brazos, pero… podría no poner la misma cara que si tuviera un trozo de lechuga entre los dientes. -Ohm… -murmuré- Vale, ya veo. Me confundí –al parecer yo era el único que había dado por hecho que estábamos juntos Debido a la timidez de Lena y a sus concepciones tan puritanas del amor, había supuesto que el que me dejara desnudarla para ella significaba algo importante, una concesión porque yo era especial… y NO. Vaya, qué palo, parece que incluso con toda su religiosidad, Lena ha resultado una calientabraguetas (las mosquitas muertas son las peores, si ya me lo decían). Pues ya puestos, ¡si quería una noche loca, podría haberme dejado terminar! Menuda cagada más grande: en estos momentos yo era ese molesto trozo de lechuga entre a dentadura de su relación con el héroe. Bueno, ahora ya sabéis lo que toca, mis queridos lectores: HUYAMOS CON SUTILIZA. –Lo lamento, sigue riendo con Rob; no molestaré más.
-¿Pero a dónde…? ¡No, yo, Alec, espera! –dio un cómico brinco hacia mí.
Me giré, inclinándome para estar a la misma altura y acribillarla con la mirada, lo que provocó que se encogiera. Quizá demasiado interés por mi parte. -¿Sí?
-Na-nada…
Resoplé. Me di la vuelta. Y desaparecí de allí.

***

ModositoMan me miraba muy raro y muy fijo todo el rato. Estaba demasiado desanimado como para gastarle alguna broma del tipo “si tanto te gusto podría dejarte ver más”, lo cual resultaba más gracioso todavía teniendo en cuenta lo que se esforzaba en mantener en secreto su homosexualidad (me encanta meterlo en apuros, es tan servil este muchacho que ni se le pasa por la cabeza guardarme rencor por las bromas).
-¿Sabías que el amor es una enfermedad mental que crea endorfinas y adicción en el cerebro? (Lo vi en un documental) Te voy a dar un consejo, muchacho (ya que eres uno de los pocos a los que no detesto con todo mi ser, y casi, casi me caes bien), ya que estás en plena adolescencia: DI NO A LAS DROGAS (entre ellas el amor), te dejan hecho polvo el cerebro y el cuerpo.
No pareció entenderlo, pero yo ya daba por perdido explicarles cualquier cosa a los Guardianes.
Suspiré quedamente. –Ains… la adolescencia… Recuerdo esos años de cambios; se ve tan lejano…
-Pero si tú tienes sólo 18 años.
Ni puto caso: -Lo mejor fue cuando perdí la virginidad y di el estirón (te lo creas o no, sucedió en ese orden. Lo alucinante es que logré ligar siendo un escuchimizado, lo cual es un milagro, potra o talento, aún no lo tengo claro) –empecé a asentir y gesticular para mí mismo.
-¿Por qué me cuentas esto?
-Intento alegrarme pensando en tiempos mejores, es lo que hacemos los viejos de espíritu. ¡Así que cierra el pico (para una vez que tengo ganas de largar…)!
-¿Alec, has bebido?
-Años dorados… sólo entonces mejoró mi vida. Casa, comida diaria, trabajo… ¡Si hasta hice amigos (Campbell es una maldita cansina empalagosa pero, tch, se le coge apego a la mocosa ésa, ¿te lo puedes creer? Con la grimilla que da…)!
-Te huele el aliento a alcohol. ¿Cuánto has bebido?
-Sólo una botella de whisky a palo seco. El mueble bar de papi es un chiste.
-¿Papi? ¿Quién es ése?
-¡Yo qué sé! –volví a suspirar-. Qué mal sustituto de la amistad eres, Lucinda.
-Daniel. Daniel Kensingtom.
-¿Y ése quién es?
-Yo.
Como si me importase. -Si estuviera aquí Yell ya me hubiera arrastrado a algún pub lleno chicas semidesnudas en donde emborracharse y desmadrarnos… A ese putero también se le acaba extrañando. ¿Te puedes creer que tiene por escrito a partir de qué número de cubatas empiezo a desnudarme y bailar en público? Se aprovecha de que a esas alturas dejo de saber qué es un uno y qué un nueve. En una de esas noches alcoholizadas acabamos dejando sin electricidad a toda Manhattan, literalmente: se nos cayó una botella de brandy y un mechero estando en la central eléctrica. Bueno, vale, caer, caer… a lo mejor lo arrojamos a ver qué pasaba… La explosión moló. Que conste: esto es un secreto, no lo cuentes. Díselo a alguien y te rajaré la garganta y te ahorcaré con tu propia lengua. ¿Sabes cómo aprendí a hacerlo? ¡Es una historia muy interesante!
-Humm. Creo que mejor si lo dejas para…
-Si al menos la Cucarachita Floreada no me huyera… Están con su “rehabilitación”. Lo que yo te diga, DROGAS, te acaban creando la necesidad. ¿Y para qué? Te acaban abandonando. Siempre. –Apoyé la frente contra la mesa. Mi padre, Lena, Nicole, Camp, Yell, Kristtoffinno. Todos los que conozco se han acabado yendo en algún momento… -Será que soy muy abandonable… ¿por qué? Vale que muy encantador no soy, lo admito, pero… ligaba midiendo un metro cincuenta y por debajo de 45 kilos… ¡se supone que ahora que estaba cañón debería tenerlo más fácil! –cuidado, Alec, empiezas a desvariar.
-¿Te tomaste tus antidepresivos hoy? –el chico empezó a sonar preocupado.
-¿Qué te crees que era la botella de wishky? –lo corté tajante.
-Te prepararé un café.
-¡Mucho azúcar! –mi vida ya tiene suficiente amargura.
Visto lo soso de este muchacho, lo perderé de vista mientras esté ocupado. Bye, Lizy, te caerá una buena por no haberme vigilado bien y dejar que me fuera solo (dije que solo me caía casi bien).

***

-¿Ha-abéis visto a Alec? ¿Alec ha estado por aquí…? ¿Sabéis si Alec…? -Me encontré a Lena preguntando a cualquiera que andaba cerca exactamente lo mismo. Y siempre le respondían lo mismo: yo estaba con un tal “Dani” pero a saber dónde.
Me mantuve siguiéndola un par de pasillos; escucharla pronunciar mi nombre era extraño y quería saber el por qué.
Lena está sola Y QUIERE VERME; me repetí. Este era un evento como el de los cometas: pasaban cada mil años. Tenía que aprovecharlo. Di un paso hacía allí…
Y me di la vuelta. Tampoco era tan importante… total, a las malas podía intentar hablarle en una esquinita del comedor… ¿¡Tú estás tonto!? Si lo haces delante de otros Guardianes Lena estará pensando todo el rato en lo que pensaran sus compañeros y será como hablarle a una silla. Ya… pero… ¿y qué se supone que le iba a decir? Tch, siempre se puede empezar con un “hola”. Entonces ella tartamudeará una respuesta y hará el intento de ocultarse debajo de una mesa como una cría pequeña, yo me cabrearé y la sacaré a rastras, ella se asustará, seguro que chilla algo, algún Guardián viene y a mí me pegan… Pues podría ser más lanzado, visto que la “aclimatación a mí” no es viable. Pero si me paso de borde (que hay una alta probabilidad de que así sea) también chillará. Mejor me voy y me lo pienso. ¡De pensar nada, toma las riendas de tu vida ahora e improvisa un plan sobre la marcha! ¡Sé valiente y enfréntate a tus problemas! 
Di tres pasos hacia Lena con andar firme.
¡Una mierda, hasta ahora me ha ido muy bien con la cobardía! Media vuelta y hacia la salida; si hasta ahora he sido un cobarde no veo porqué tendría que cambiar, ¿no? Pues ale, a otra parte, jaja. ¡¡Agh!! ¿¡Se puede saber porqué narices tengo que pelearme conmigo mismo y desgastar el suelo con tanto cambio de idea!?
-¿Alec?
Mierda. Lena me pilló gesticulando al cielo en una pose de “voy a estrangularte como bajes, maldito Dios” de lo menos natural (de atractivo ya ni hablamos). ¿¡Y de esta cómo salgo!?
-H-holaaaaaaaa –me sacudí la pernera del pantalón, ni de coña se iba a tragar que estaba maldiciendo por el polvo de mis pantalones, pero bueno…
-Hola… -agachó la cabeza, muy sonrojada.
Lo sabía: silencio.
La gente normal cuando se pone nerviosa suele reír tontamente, sonrojarse… Yo me cabreo y me pongo impertinente, siempre:
-Estoy aquí. ¿Qué?
-¿Eh?
-¿Qué quieres de mí? –espeté rudamente.
-Yo…
-Tú… -La miraba desde arriba y en plan matón de discoteca, me daba cuenta, pero “Amar en tiempos de cuernos” estaba a punto de empezar y no quería perderme aquel episodio por nada del mundo (hoy se decide si Gabriella Chevalier se fuga con su hermanastro Kira Lee Mendoza o finalmente se casa con Daan Mufflin, el amante de Miren Mamor Tellechea; ¡es el capitulazo de la temporada! ¡DE LA TEMPORADA digo!).
-¿Significó algo?
-Precisaría de más información para responder.
-La otra noche, cuando… pues eso. Yo creí… Tú… te fuiste de esa manera. Tan frío... Cr-creí que no querías saber de mí.
Fruncí el ceño. Sabía la respuesta sincera, pero me conocía a mí mismo lo suficiente para saber que no estaría dispuesto a abrirme. Ni ante Lena ni ante nadie. No era capaz.
Estaba nervioso, pero no podía permitirme que se notara, de modo que la angustia fue creciendo en silencio hasta abarcar todos mis pensamiento. Iba a salir mal; hiciera lo que hiciese, yo acabaría con una puñalada en el pecho. No quería contestar, si no empujarla contra la pared, salir corriendo y meterme en el agujero más oscuro que encontrase. ¿Negativo yo? Maldiciones mil si no era esa una esperanzadora idea.
-¿Significó para ti? –le espeté.
Lena respiró exageradamente y con fuerza. Agachó la mirada y volvió a fijarla en mis labios para luego mirar sus deportivas, completamente azorada.
Gruñí. Pero no llevé a cabo el plan de huida que seguía trazándose en mi mente. Aún quería una oportunidad; aunque hubieran pasado 11 años, aún necesitaba saber que era capaz de sentir algo por mí.
Me agaché, en cuclillas, de modo que me tuviera que encarar aunque siguiera mirando al suelo.
-Lo hizo –murmuró muy bajito.
Me puse en pie al tiempo que le regalaba un beso por su valor. El que a mí me faltaba.
-¿Hueles a alcohol?
-Nah, ¿qué cosas dices? ¡Rápido, el capítulo va a empezar!

***

Llevo tres días con Lena. ¡Wo, increíble, ¿no os parece, mis queridos lectores?! Admitidlo, creíais que este día no llegaría hasta el último capítulo de todo el libro (la verdad es que yo pensaba lo mismo). Por eso, no me queda otra que deciros que ha sido un placer contar con todos vosotros a lo largo de toda esta aventura. Desgraciadamente, por falta de presupuestos no habrá segunda parte.
Hasta siempre, mis queridos lectores.

FIN.







Puajaja, ¡ni de coña! Hago eso con la de cabos sueltos que han quedado y nos ahorcáis a mí, todo el reparto y la Supervisora. Guardad las estacas y antorchas, queridos lectores, aun queda mucho que contar.
¿Qué tal en mi relación amorosa? Pch, sí… Nadie está muriendo, no hay gritos, ni veneno en los cereales; podríamos hablar de éxito.
Y vamos mejorando lo de pasar tiempo juntos…

***

En seguida me aburrí de escuchar a Lena tocar. Sus dedos danzaban sobre las teclas sin prestarles demasiada atención, y aún así no desafinaba. Debería de parecerme interesante, pero… Sinceramente, la música nunca me ha apasionado; simples distracciones con las que perder el tiempo si es que lo tenías. No entendía que alguien pudiera ponerle tanto empeño a algo tan sumamente superfluo como lo hacía Lena. Pero me callaba. A ella le gustaba y era de la opinión de que la música era el reflejo de nuestras almas, las emociones y blabla: si le decía la verdad, ella me clasificaría como alguien sin alma, tal era su devoción.
Me molestaba que lo tiñera todo con su mentalidad religiosa, siempre dividiendo entre lo que sí y lo que no se hace (sin punto medio). Pero en las relaciones hay que ceder… la convivencia y pactismo, ya se sabe. Joderse y disimular.
Al menos la música hacía que se olvidara de los nervios de tenerme cerca o que me quedara mirándola fijamente, estaba en otro mundo. Pero tal nivel de evasión suponía ignorarme por completo. Hablarle en mitad de su interpretación de Mozart era menos efectivo que cotillear con el taburete.
Me aguanté un resoplido.
-¿Qu-qué tal?
-¿Eh? –me giré de repente, no me había dado cuenta de que hubiera acabado (si ella se la pasa en su mundo cantarín, por qué no iba yo a hacer lo mismo en mi mundo de libros y telenovelas). No supe qué decir, “que bonito” o “ha estado chachi” me parecían comentarios muy infantiles. A mí me parecía bien, pero no tenía la más remota idea de si había errado notas o no… Tampoco tenía vocabulario para soltarle un piropo intelectual. Pues nada, comentarios simples:
-Wow –casi que hubiera sonado mejor el “ha estado chachi”.
-Gracias…
-Lo siento, me distraje pensando en mis cosas.
-¿En qué pensabas?
En si Miren Mamor Tellechea de “Amor en tiempos de Cuernos” se habrá quedado embarazada de Daan o de Kira Lee Mendoza. …Ni de coña le voy a decir eso.
-En que me gusta cómo tocas el piano -me acerqué con la excusa de toquetear un poco el teclado y apoyé una mano al otro lado de su cuerpo de modo que quedaramos estratégicamente muy juntos. Le dediqué una sonrisa suave y ligeramente picarona-.  Pero me gustaría más poder tocarte a ti.
-Oh, eh, gracias…
Nos quedamos en silencio, ella sabía que la miraba y por eso no se atrevía a levantar la vista de las partituras.
Temas de conversación actuales: 0. ¡Y la victoria es para: EL SILENCIO TENSO!
-T-toco desde hace mucho.
Las conjunciones de astros seguían sucediéndose: Lena me continuaba una conversación.
-Se nota, parece que le tienes práctica. Esto… -pen-san-do, pen-san-do- ¿tocas algún otro instrumento? Me suena que sí…
-¡Ah! Sí, sí… -¡el milagro continua!- El piano sobre todo, pero también  el violín y la guitarra; m-me gustan los instrumentos de cuerda…
-Humm, cómo el arco –me miró sin comprender- ya sabes, el arco… tiene también una cuerda… y está tensa… -imité el gesto de disparar una flecha y el de tocar un arpa.
-¡A-ah! Jaja. Sí, claro…
Otra vez Lena admirando la calidad artística del parquet y yo calculando el espesor de polvo de las paredes.
-Yo no sé mucho de música…
-Es una lástima. Yo la adoro… Si quieres te enseño…
-No es necesario –no voy a perder mi tiempo con el esfuerzo que eso supondría.
-Yo… pensaba dedicarme a la música, ser profesional… en lugar de Guardiana.
-¿Por qué no lo hiciste?
-Mi madre y mis hermanos… murieron… unos vampiros entraron en nuestra casa. –Se estremeció- Siempre odiaré a los vampiros.
-Y era tu deber vengarlos.
Lena se inclinó poco a poco, a trompicones, hasta apoyarse en mi hombro, así que me decidí a pasarle la mano por la cadera.
-Esto está bien –murmuró tan nerviosa que casi parecía estar preguntándomelo.
Haz algo o te volverá a llamar frío: Le di un ligero beso en el cabello. Valdrá.
Lena sonrió tímidamente, feliz. Como cuando hablaba de Robert…
Empezó a hacerme livianas carias sobre la mandíbula y las mejillas, comprobando que mis cicatrices empezaban a desaparecer.
Despacio, muy despacio empezaba a hacerse realidad. Pero tras once años me había quedado muy justo de paciencia.
-Bésame –murmuré sobre su cuello. Lena se puso como un tomate y se mordió el labio-. Siempre soy yo el que te besa a ti… -la reté. Pero amenazar a Lena tenía el efecto de congelarla en el sitio.
Suspiré y la apreté contra mi pecho, rozándole la comisura con los labios y descendiendo por su cuello.
Me pasó un brazo alrededor del cuello y gimió.
Se apartó tan brusco que por poco no se cae del asiento. Murmuró confusas  excusas, a punto de echar humo como una tetera.
Un día de estos le da un síncope, fijo.
La expresión de Gin fue bastante elocuente. -Anda, o sea, que vosotros dos… ohjojo.
-Vuelve más tarde o quédate en silencio si es que tanto te gusta mirar –amenacé al médico.
-¡Alec!
-¿Sí, mi amor? –eliminar el retintín de mi voz fue misión imposible.
-¿Qué-qué ocurre, Gin?
-Te buscaba porque tienes una misión y el coche sale en cinco minutos.
-Sí. Vale –se levantó y pasó junto a Gin sin despedirse.
Gin soltó una risilla. Idiota.

viernes, 30 de noviembre de 2012

Encantamiento 68: ¡Qué le den a las buenas acciones!



La tomé de los hombros, apretando con fuerza para retenerla allí, frente a mí, a pesar de sus esfuerzos por resistirse, al tiempo que cerraba los ojos para evitar el vértigo de lo que quería hacer. Ella echó la cabeza hacia atrás, pero mi boca la alcanzó, paralizándola momentáneamente. Volví a repetir el beso, girando un poco más la cabeza para que mis pestañas le rozaran las mejillas entre cada contacto de labios. Y así hasta que su boca empezó a ceder. Le guié la mano que sujetaba contra mi pecho, donde se mantuvo obedientemente al tiempo que mis brazos rodeaban su espalda, haciéndose dueños de su cintura y caderas, presionando nuestros cuerpos juntos.
Me separé un instante y murmuré con una sonrisa malvada: -Mi redención por aquel primer beso que robé. Espero que esto lo compense.
Estaba arrebolada desde el cuello hasta la frente, ligeramente cabizbaja y con los labios temblorosos. No había luz en el azul de sus ojos.
No contestó nada y el miedo y la rabia empezaron a crecer desde mis entrañas como enredaderas de espinos. –Sólo tienes una oportunidad para elegirme, ¿no es así? -Eso consiguió que reaccionara. Su ojo se abrió por el estupor, pero no deseaba preguntas sobre obviedades ni reprimendas. De modo que acaricié la comisura de sus labios con mis colmillos al tiempo que mis manos empezaban a adentrarse bajo su camiseta-. Si esperas algún tipo de revelación… puedes esperar toda tu vida, es una conversación que simplemente no tendré esta noche. Pero aún así… es tu elección.
Me apartó unos centímetros. Le aguanté la mirada unos segundos. Pero en lugar de huir como siempre, me acarició la mandíbula con sus dedos tímidos y se inclinó hacia mí, con una lágrima deslizándose por su mejilla. Abandonándose en mi abrazo, cuando a Robert lo había apartado al intentar lo mismo.

***

Acabé optando por sujetarle las manos por encima la cabeza, para que cesara con aquellos vagos intentos de cubrirse el pecho desnudo, hasta que empecé a descender por su cuerpo, sorteando el medallón, y se olvidó de detalles como la timidez.  
Sus jadeos y suspiros cargaban el aire de su habitación, entremezclados  con oraciones y disculpas a media voz dirigidas al crucifijo sobre su cama, como una cacofonía suave y constante. Ignoré el hecho de que no paraba de disculparse con su Dios por estar conmigo o la mirada que nos lanzaba aquella estatua. Nunca antes había estado en su cama hasta aquella noche, en la cual descubrí que le gustaban los besos en torno al ombligo.
Lena no tenía ni idea de aquel tipo de entretenimientos; se notaba torpe y cohibida ante todo, hasta con el más casto roce de piel (cuando le desabroché el sujetador ya ni hablamos). Al principio se quedó quietecita como un tablón de madera, dejando que yo hiciera, pero al cabo de unos pocos momentos empezó a arquear la espalda y a tantearme el vientre de forma inexperta, lo cual consiguió unos cuanto codazos.
Hasta que distraídamente le desabroché el cierre de los pantalones y ella me hizo parar, completamente escandalizada. Me recriminó con voz estridente y abrazándose de nuevo el busto que no podíamos hacer aquello porque estaba mal.
Me callé un “pues bien que te dejas” que sabía inadecuado y me dejé caer sobre el colchón con un suspiro. –Perdón, iba en automático.
El comentario pareció herirla de algún modo que no tuve ganas de analizar, y se me quedó mirando, allí arrodillada sobre su cama. De nuevo sin saber qué hacer. La miré de soslayo y le di un golpecito al medallón para que siguiera oscilando en su cuello. Tiré de ella para probar una cosa: abrazarla contra mi costado. Era algo que nunca había intentado con mis anteriores parejas. Ella se quedó allí acurrucada, aún abrazándose las tetas para que no rozaran con mi piel y respirando irregularmente en mi hombro mientras yo deslizaba distraídamente los dedos por su espalda, arriba y abajo, estremeciéndola.
-Voy a ponerme algo –anunció con voz aguda por los nervios.
-Estoy mirando al techo.
-No quiero que me acaricies la espalda desnuda, me recuerda que no llevo sujetador –se volvió a poner de rodillas, con cuidado de que no se le viera nada.
Fruncí el ceño con exasperación. -Qué más da, ya te las he visto y toqueteado.
-¡Nu-nunca había estado con un chico a-así y… y…!
-¿Y qué tal la experiencia? –rodé hasta quedar apoyado de lado.
El rubor le subió por toda la cara. -¡A-ALEC!
-¿Qué? Bien que parecía que te gustaba.
El color se intensificó aún más, aunque parezca increíble. –M-me ha gustado.
-De nada. –miré el reloj de su mesilla y me levanté de la cama en busca de mi jersey y las muletas.
-¿Te vas…? –pareció descorazonada de repente.
-Ya es la hora del desayuno y no me apetece que se pongan cotillas.
-Ah, claro… ¡Y-o tampoco!
-Bueno, nos vemos –me despedí antes de cerrar la puerta.